LOS SIMPSON CELEBRAN…

THE SIMPSON

   -Pequeño… ¡demonio!

   Comenzó la vigésima temporada de esta ya legendaria serie animada. ¡Veinte años en el aire! Regresa un nuevo año, salvando de tarde en tarde a la cadena Fox, como ha dicho Bart varias veces. El señor Matt Groening la pegó de la cerca cuando ideó a esta familia disfuncional, egoísta, medio salvaje y totalmente irreverente. La sátira hacia la cultura norteamericana es sardónicamente cruel, pero ajustada a la realidad. En esta gente, los Simpson, muchos nos vemos reflejados, aunque todos lo niegan con ferocidad cuando lo digo. Las manías, temores y traumas de la pequeña e inteligente Lisa, luchando contra el gen Simpson; Bart, un anarquista extrañamente no terrorista, sus tremenduras no van guiadas por la maldad; y Homero, la joya de la corona, nos hacen pasar gratos momentos.

   Hay quienes alegan que la serie ha perdido gracia, más no vigencia (ese episodio donde son declarados traidores, y aclamados en el Medio Oriente por ello, fue jocoso, igual que la sátira final, cuando regresan ocultos a gozar los beneficios de los inmigrantes europeos); lo que ocurre es que en veinte años hemos ido perdimos la inocencia, la capacidad de sorprendernos con esta familia genial. Y eso que ha pasado por malos ratos. Un duro golpe fue el cambio de voces, pero aún a eso, que en otros programas fue fatal, ha logrado sortearlo. Si te sientas a mirarlos, aunque hallas visto un capítulo muchas veces, encuentras el detalle que hace sonreír de forma irónica, por el sarcasmo, por el detalle de la vida misma. Hace poco vi un episodio donde Bart arruina las navidades de todos quemando el árbol de navidad y los regalos, ocultándolo, y llorando dice que vio a un ladrón robarse todo, y hace un aparte para decir “y el árbol también”, para continuar llorando. Homero grita qué desgracia, lo abraza llorando y viendo a Marge exclama: “qué dolor, ¿podemos faltar a la iglesia?”.

   Pero ya antes, en ese capítulo, me había reído bastante. Cuando fueron al centro comercial de compras, Homero, con total impunidad ocupa el espacio, dos espacios, para minusválidos. Ante la mala cara de Marge, sale… arrastrando una pierna. Es que es así, como la gente normal, la detestable, claro. Hacia el final, cuando Bart, acosado por un raro sentimiento de culpa (debió ser el espíritu navideño), confiesa que no hubo ningún robo sino que todo fue culpa de él, todos quedan impresionados. Es Lisa, chirriando dientes, quien gruñe “pequeño demonio”, frase de Homero, y se le va encima, ahorcándolo, como hace su padre cada semana. A esa escena, hilarante, se suma Homero al grito de “¡Lisa!”, como si fuera a detenerla, y termina con un “Lo haces demasiado suave. Es así” y la aparta estrangulándolo él, y Lisa le toma un brazo y hala como para hacer más fuerte el apretón, mientras le da de puntapiés al hermano. Cómo reí, pero faltaba aún. Marge se arroja intentando apartarlos, y como carga a Maggie, esta, malencarada también, le atrapa el cabello a Bart y se lo hala. Dios, fue una locura de lo más divertida.

   La serie conserva su encanto, y de tarde en tarde logra sacarnos una carcajada. Ojalá continúen por mucho tiempo más.

Julio César.

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