DESPERTAR DONDE SE DEBE ESTAR

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   Otra noche entre mis brazos, otra noche de felicidad…

   Despertó inquieto, y no lo entendía. Se sentía bien, era feliz… lo tenía a él contra sí, entre sus brazos, y eso era todo lo que deseaba o necesitaba en este mundo. Esa noche soñó cosas buenas, no las recordaba, pero sabía sin necesidad de tocarse los labios o de verse a un espejo, que aún sonreía. No sufrió pesadillas, ni sobresaltos. No hubo desvelos, ni tristezas. Nada lo despertó a las tres de la madrugada gritándole en silencio que era un pobre infeliz solitario. Lanza un bufido de satisfacción contra la negra y sedosa cabellera, aspirando luego el aroma del otro sujeto. Fue feliz. Era feliz. Pero ahora…

   Oye el viento, siente el frescor contra su cuerpo y mirando el aún estrellado cielo entreve la verdad. Llegaba el amanecer, y con él, el último día de esta escapada. Desayunarían en silencio y parecerían tener prisa por apurar la separación, como si así doliera menos, o fuera menos frustrante. Sabía que era inútil. Durante el viaje de regreso a un hogar que no era su hogar, soñaría estar aún con él; cerraría los ojos y percibiría nuevamente su olor, su calor, su amor, y tardaría en bajar de esa montaña de dicha. Pero con las horas entendería que no estaban juntos y el dolor, la rabia, la soledad y la infelicidad lo alcanzarían con toda su crudeza.

   -Oye… oye… -le susurra, casi sobre el cuello, rozándolo, disfrutando ese toque.

   -Hummm… déjame dormir un poco más, vaquero… Es muy temprano todavía… -ronronea medio dormido, como el chico que se niega abandonar su cama para enfrentar la escuela y el mundo, llenando de ternura el corazón de su padre; y el otro quiso besarlo en ese momento. Dios, cuánto lo amaba…

   -Despierta, hijo de perra…

   -¿Qué quieres…? –gruñe, con los ojos cerrados, y el otro apoya el mentón con fuerza en su mejilla, totalmente pegado a su cuerpo, haciéndolo sonreír.- Ah, ya veo… Eres un sátiro. –y se medio vuelve, abrazándolo y sonriéndole, mirándolo al fin con esos ojos que siempre lo embelesaban y que un día, años atrás, le habían robado la paz.

   Y aunque lo que había buscado era hablar, el otro hombre, el de rostro más duro, corresponde, porque la carne le arde siempre a su lado y la sangre corre con velocidad llenándolo de energías, de urgencias, de ganas. Había querido contarle cosas, decirle que fue bueno estar juntos, que siempre era maravilloso verlo, que debían apurar lo más posible el próximo encuentro porque estar lejos era insoportable porque sentía que… Pero era mejor así, se dijo besándolo, tal vez habría dicho más de la cuenta.

Julio César.

NOTA: Entrando en otros blogs de gente que amó esta película, encontré una sección donde preguntaban: ¿qué echaste en falta en esta cinta? Las respuestas más comunes fueron: más escenas de ternura, o de amor, o hasta de sexo. Los entiendo, yo también, y aún así me pareció maravillosa y perfecta.

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