ANTES DE LA DESPEDIDA…

quedate-a-mi-lado

   Era suyo en cualquier lugar…   

   La bajada de Brokeback Mountain había sido hecha en silencio. Jack parecía querer hablar a su lado, pero Ennis sólo podía ver al frente, sintiendo sobre sí la dolida mirada del otro. Pero es que no podía corresponderle. Dejaría de verlo dentro de poco, de hablarle, de saberlo y tenerlo a su lado, y debía comenzar a olvidar todo lo ocurrido para continuar con su vida. Eventualmente dejaría de recordar su cuerpo tibio que había sido suyo a placer, uno que lo enloquecía aún en esos momentos rodeados como estaban de otros sujetos. Pero no puede evitarlo y allí, en medio de los otros hombres en la parte trasera de la vieja camioneta que los lleva a la estación, Ennis se estremece recordando el sabor de Jack. Pero todo había acabado, todo terminaría cuando se separaran finalmente, y aunque por un lado nota alivio (terminaría toda esa locura sufrida) por el otro se sentía mal. Repara en que Jack mira a la distancia, y por primera vez se permite observarlo de frente, notando la curva de su cuello, la sombra de su barba en ese mentón que había acariciado y no se cansaba de besar en momentos de silencioso placer. Repara en su mirada lejana, algo desolada, y sabe que el recuerdo de ese abandono en el ánimo de su amante, esa tristeza que adivinaba en él, lo acompañaría durante mucho tiempo después de que olvidara Brokeback Mountain. Le llevaría años comprender que jamás lo olvidaría, y sería un doloroso aprendizaje.   

   Descienden en la estación y reciben el regaño de Aguirre, quien los acusa de inútiles y hacerle perder dinero. No responden, aunque Ennis nota la chispa de rabia en los ojos de Jack, y las ganas de discutir. Pero callan, porque a nivel subconsciente temen que no sea prudente que hablen más de la cuenta. Jack lo mira en forma interrogante cuando salen de la pequeña, agobiante y calurosa oficina, quiere saber de sus planes, qué hará. Y Ennis, encogiéndose de hombros, dice que volverá a su pueblo, a su novia, a su vida. Y no quiere mirar la tristeza de Jack, su silenciosa desesperación ante la inminente separación, quien dice bajito que regresará para la próxima estación. Y calla, dejando el espacio abierto para que Ennis intervenga. Pero Ennis guarda silencio un momento antes de responder que no cree que repita el viaje. Jack asiente, entendiendo: no sucedería nuevamente aquello que los había arrastrado en las montañas. Disculpándose, dice que tiene que ir al retrete y con urgencia se aleja. Ennis lo mira distanciarse y siente que el corazón se le arruga, que una angustia poderosa, deprimente y desesperante lo domina, que un dolor que no entiende ni puede ponerle nombre, lo embarga. Y la visión de un futuro donde no estaba Jack, uno donde debería vivir extrañándolo y sintiendo eso que ahora padecía, sin volver a verlo, lo embarga. Lastimándolo mucho.   

   Recuerda las locuras de la montaña, a Jack cabalgando con su sombrero en la mano alzada, con su desgastado pantalón vaquero, sin camisa, haciendo corcovear a su animal, sosteniéndose de una mano, mientras gritaba como vaquero de Rodeos. Y él sonriendo, fumando, echado contra un tronco, mirándolo divertido, pero sintiendo por dentro que lo embargaba la excitación ante su risa franca de niño grande, en unos labios que él había cubierto con su boca cuando bebía de él; ante su torso delgado y esbelto que no podía dejar de tocar dentro de la tienda de campaña, ante esos pezones que había apretado a placer, y que llevado por una locura intensa había mordido y chupado de ellos como jamás pensó hacer ni en sus fantasías más dementes. A Jack le había dicho cosas que no había contado a nadie ni consideró hacerlo nunca durante toda su vida. A Jack lo había tocado como nunca antes había tocado a otro ser humano, y algo le gritaba en su interior que ya no habría nadie más como él; que ese tipo, que eso que sentía, era lo que le tocaba a él para ser feliz. Por eso tuvo que ponerse de pie y caminar hacia él, quien sonriendo lo miraba, deteniendo sus saltos.   

   -¿Quieres cabalgar, vaquero? –le preguntó, sonriendo con ese aire campechano, tendiéndole las riendas y amenazando con bajar.   

   -Si, quiero cabalgar. –gruñó tragando saliva, mirándolo con ojos intensos, oscuros, y en ellos Jack leyó la lujuria que sabía despertaba en el otro.   

   Su mano sobó esa espalda, encontrándola caliente y firme, como si de la grupa de un brioso y hermoso animal se tratara, y al otro joven se le secó la boca, por lo que tuvo que abrirla, jadeante. Esa mano era firma, posesiva, y bajó hasta los contornos del pantalón vaquero, mientras con su otra mano, mirando a Jack en todo momento a los ojos, abría el botón y la bragueta. Ahora la mano entraba más abajo en esa espalda. Esos dedos recorrieron esa piel turgente, cálida y vital. Los dos hombres jadearon y Jack no soportó más, bajando el rostro y buscando su boca, la cual se aplastó contra la suya, dura, brutal. Y mientras sus lenguas lamían y luchaban, esa mano bajó más, aprovechando el movimiento de Jack que le permitía más libertades en su exploración.   

   Sus bocas se separaron en busca de aire y volvieron a unirse, salvajes, mientras Ennis se quitaba la camisa a todo correr, necesitando al otro con esa urgencia que siempre lo quemaba. Y mientras estaban jadeando, boca contra boca, Jack lo miró con claridad, y con entrega y simpleza le dijo que lo quería. Ennis no respondió, bajando un poco la mirada, dándole un leve palmoteo indicándole que volviera las piernas hacia él, ayudándolo a despojarse del pantalón. Y Jack supo que no había tiempo para hablar.   

   Al tenerlo sólo con su sombrero y botas, Ennis, sin camisa subió tras él, que sonrió y gorgojeó cerrando los ojos, sintiendo la firmeza del otro contra él, el calor que emanaba quemándolo en oleadas, notando el pecho de Ennis contra su espalda y ambos hombres sabían que ya no necesitan de nada más. Las manos de Ennis sobaron, acariciaron y pellizcaron, mientras su boca iba al encuentro de la de Jack una y otra vez cuando este volvía el rostro. La mano bajó más, atrapando toda la dura muestra de deseo del joven, apretó y sobó como jamás imaginó hacer en su vida con otro hombre. Pero ahora le parecía algo increíble, algo que lo excitaba a tal grado que ya sentía explotar bajo su pantalón.   

   Cuando Ennis abrió y bajó el cierre de su pantalón, con la mirada nublada y perdida de deseo, Jack le sonrió, y nunca como en ese momento al catire le pareció que jamás había notado tal belleza y ternura en una mirada. Aún en ese momento, cuando sólo era sexo, miró un sentimiento profundo en el otro que le asustó. Pero no pudo más, su virilidad amenazaba afuera y ya dolía, por lo que Jack tuvo que tenderse un poco hacia delante, abriendo ojos y boca en busca de oxígeno, temblando de expectación y ganas, cuando el amor entre ellos se inició, cuando bajó y sintió que iba a estallar de dolor, algo siempre presente, pero que duraba un instante, antes de ser reemplazado con esa cálida sensación que lo llenaba, que lo hacía desear gritar, correr y saltar como un demente. Y Ennis gruñó por lo bajo al notar a Jack caer sobre él, sintiéndose atrapado y aprisionado de una forma que no lo dejaba pensar, respirar o detenerse. Y el caballo, inquieto, corcoveó y los meció suave, antes de galopar levemente ante una indicación de Jack. Los jóvenes cuerpos iban uno contra el otro, uno sobre el otro; uno sintiéndose lleno, el otro aprisionado, y jadeando entre dientes. Y Ennis rodeó a Jack con sus brazos y tuvo que morder en su hombro para no gritar como un muchacho, para callar cosas que quería confesar, para saborear su piel joven, saludable y caliente. Ni por un momento considera la posibilidad de que su cierre metálico esté lastimando a Jack, ni este se lo dice, ocupado como estaba en jadear y estremecerse, revolviéndose una y otra vez contra Ennis, arañando el Cielo en esos momentos, sin conciencia, pero percibiendo una vocecilla que le gritaba que estaba lo más cerca que se podía llegar de la dicha total; que ese era su momento…   

   Con tan sólo recordarlo sobre ese caballo, al pie de la estación, Ennis tiembla de lujuria. Jack había sido suyo en esas cumbres, y él se había entregado también. Jack le pertenecía, pero ahora también él le pertenecía a Jack. Sintiéndose excitado, y peligrosamente erecto, por lo que mira con disimulo en todas direcciones encorvándose un poco más, se dirige hacia la pequeña pieza que sirve de retretes. No había nadie por allí y eso le parece fantástico. Aún duda un momento y abre, cegado repentinamente por la penumbra del sofocante lugar. No sabía qué esperaba encontrar, tal vez a Jack cagando o algo así, pero no. Jack estaba sentado sobre la tapa cerrada de uno de los retretes, encorvado y fumando, la habitación parecía llena de humo. Cuando entró, Jack lo miró, y Ennis entendió que el otro joven había huido para ocultarse de todos, y notó cuan desolado y triste se encontraba, sin necesidad de reparar, como hizo, en sus ojos empañados de humedad.   

   -No sé que será de mí ahora, ¿a dónde iré? ¿Qué haré…? -jadea Jack, sin mirarlo, viendo el humo de su cigarrillo, como si hablara consigo mismo.   

   Ennis va hacia él, sin decir nada, no puede. No puede responder nada a los miedos y esperanzas de Jack. No puede ofrecerle nada, ni prometerle, ni jurarle. Ni siquiera quiere imaginarse algo así. Lo mira y baja sus manos, tocando sus hombros, con fuerza, atrapándolo. Y Jack lo mira con sus maravillosos ojos azules, con pesar, con entrega, con esperanzas, cosa que lastima a Ennis. Lo hala, parándolo, sus cuerpos chocan y Jack deja caer el cigarrillo porque entiende que es la despedida, el doloroso adiós había llegado y él debí estar a la altura del momento. La boca de Ennis cae sobre la suya, invadiéndolo, saboreándolo con su lengua tibia y tanteante, que atrapa la saliva y el aliento acre, a cigarrillo de Jack, chupándolo, tragándolo. Sus bocas se atan en un beso imprudente e insensato, pero necesario. Se muerden, se chupan y sólo succiones y jadeos ahogados se oyen en esos baños inmundos, mientras los cuerpos no pueden estar más cerca, restregándose uno contra el otro.   

   Ennis da media vuelta, cayendo sobre esa tapa, mirando a Jack de forma sumisa ahora, y sin embargo, dueño de la situación como siempre. En sus manos, como lo estuvo siempre, estaba resolver todo y darle un final distinto al que sería. Y hala a Jack que cae entre sus piernas, sentado. Y Ennis adora ese peso, ese calor, esa vitalidad contra su cuerpo, mientras las bocas se buscan con urgencia, cuando las nalgas de Jack se frotan de su entrepierna, despertando lo que no estaba muy dormido desde el recuerdo de la cabalgata. La lengua de Ennis casi baja por la garganta de Jack, mientras su mano tantea lo botones de la camisa y la abre; y se lamenta: “Dios, ¿cómo viviré sin Jack? ¿Cómo viviré lejos de él, Dios mío?”.   

   -Ennis, te necesito y yo no sé si podré… -comienza Jack, pero Ennis lo calla besándolo otra vez.   

   La mano frenética abre la camisa, casi halándola sobre sus hombros, y mientras una mano le atrapa la nuca, sometiéndolo a su beso ardiente, la otra recorre sus hombros, su cuello, bajando a los pectorales, acariciando las erectas tetillas que piden ser atendidas por su dueño, por el señor de su vida. Y Ennis tiene que sobarlas, apretarlas y teme correrse de puro placer mientras lo oye gemir contra su boca, cuando lo siente estremecerse de lujuria contra él, y como su trasero se frota enloquecedoramente de su pelvis. Y piensa, Ennis piensa: “¿Cómo podré continuar viviendo mañana tras mañana sin tenerte así, Jack Twist? ¿Cómo podré seguir años y años sin sentirte contra mí, sin oírte hablar tus tonterías, tus sueños, tus fantasías sobre una vida bonita, sin oírte reír, sin escucharte aún cuando callas, usando sólo tus bellas miradas con las que eres capaz de gritar que me amas? Eres el único que me ha amado jamás, Jack… y no sé si pueda olvidarte. ¿Y si no puedo, Dios mío? Mi vida será un infierno si me alejo por esa carretera y no consigo olvidar tu cara, tu risa, tus ojos, tu ternura y tu entrega a mí…”.   

   -Vámonos juntos, Ennis. Escapemos. –le susurra desesperado, Jack, tomándole el rostro entre sus manos, casi al punto del llanto, ante el miedo de perder todo lo que tiene. Pero Ennis sólo calla y desvía la mirada. Y Jack casi jadea de frustración y dolor, pero baja el rostro y lo besa nuevamente. Que al menos le quede eso, esos últimos minutos para recordarlos toda la vida.   

   Ennis responde nuevamente, saboreándolo, pero ahora lo encuentra algo más amargo, porque mientras lo besa, mientras se hunde en él, percibe y paladea su llanto, las saladas lágrimas de Jack Twist, unas que no sabe como enfrentar. Pero lo siente entregado a él, aún en el momento en que sufre. Casi lo empuja, obligándolo a ponerse de pie, frente a él, reparando en la erección del otro, que toca y soba sobre la tela, oyéndolo gemir contenidamente. Ennis lo mira a los ojos y ahora ve un coto cerrado, Jack estaba guardándose para sí ahora, ya había entregado demasiado. Y esa convicción lastimó a Ennis, quien abre más la camisa y sin reparos pega el rostro de su abdomen, en forma de adoración, acariciándolo, recorriéndolo, soltando su aliento caliente por boca y nariz contra la joven piel, haciendo estremecer a Jack, quien gime débilmente, totalmente sin fuerzas.   

   Y ocurre una de esas extrañas escenas de la vida: el rostro de Ennis se suaviza y sonríe, oyendo a Jack, sintiéndolo estremecerse. Su lengua sale todo lo que puede y lame lentamente esa barriga de la cintura del pantalón al ombligo, siguiendo el tenue camino de pelusilla que baja. Lame y siente, lame y saborea. Quiere paladear a ese joven caliente, y su lengua recorre la tersa piel una y otra vez. Y mientras lo lame y besuquea, mordiéndolo también un poco, las fuertes manos de Ennis atenazan esa cintura estrecha, clavando sus dedos en esa carne que conoce bien. “¿Cómo viviré sin tu calor a mi lado, Jack? ¿Cómo seguiré adelante sin percibir tu olor? ¿Como viviré sin todo esto que ahora tengo, a lo que tú me acostumbraste en lo alto de la montaña cuando te entregabas ardiente y generosamente? ¿Podré olvidarte, mi dulce Jack, no llegaré a extrañarte cada segundo de mi maldita vida de ahora en adelante hasta el día que me muera?”. Lame y besa, mirándolo: “Ya te extraño Jack, no nos hemos separado y te tengo en mis manos, y ya te añoro y me duele”, y se estremece sintiéndose increíblemente infeliz mientras saborea la vida.   

   -Vámonos, Ennis. –repite el joven, lloroso.- Lejos. Podemos ir a mi casa, trabajaremos en la propiedad de mi padre, levantemos algo para nosotros y no tendremos que verlo o explicarle nada. O podemos ir a un lugar nuevo, lejos de todos, a Nuevo México, y conseguiremos algo para los dos. –jadea, con voz temblorosa, mirándolo.- Estaremos juntos y a todo el mundo le diré que soy tu hermano. Ya no seré Jack Twist, seré del Mar… -ofrece renunciar a sí.   

   -Jack, no… -gruñe Ennis, levantándose, mirándolo a los ojos y besándolo otra vez.   

   Ennis prueba nuevamente esa boca y casi bebé la saliva que Jack no pudo pasar como un trago amargo ante la negativa a su generosa oferta. Las manos del catire bajan por la espalda de Jack, hasta caer sobre sus nalgas, donde aprieta con urgencia, como si necesitara atenazarlas para atesorarlas en su memoria para siempre. Quería ese cuerpo, recorrerlo y amarlo aunque no lo dijera, para llevárselo en la piel, con su olor, su calor y recordarlo después. Jack lo entiende, y con su frente pegada a la de Ennis, ambos sombreros casi caídos, respira pesadamente, conteniendo el sollozo, algo que le parece poco viril y digno en esos momentos. Están abrazados y se besan, en forma más calma, más lenta. Y Ennis sufre: “¿Cómo vivir sin ti, Jack? ¿Cómo irme y saber que tú te irás por otro camino, lejos de mi vida? No sé si ya sea posible seguir sin ti, Jack Twist. Algo me dice que no lo lograré”. Y mientras besa al hombre que ama, aún sin saberlo todavía en esos instantes, Ennis del Mar siente miedo y dolor, una mezcla que lo mata al mismo tiempo que desea ese cuerpo. Apretándose todavía más a Jack, tiene deseos de llorar también. Y sí se iba con Jack, piensa por un momento. “Y sí escapáramos juntos, donde nadie sepa que somos dos hombres ociosos y enfermos que sienten lo que está mal el uno por el otro. Y sí Jack se convierte en mi hermano y todos nos conocen así, sin saber que somos dos tipos que se acuestan en la misma cama cada noche o cada vez que la carne pide la del otro. Entonces podríamos estar juntos cada mañana, cada noche, y sería mío para siempre”, piensa con pesar, con un miedo terrible atenazándole la panza. El miedo a ceder a eso que le parece terrible y hasta monstruoso. Pero miedo también de no volver a ser feliz.   

   -¿Dónde están esos dos imbéciles? –oye que trona la voz de Aguirre, no muy lejos de la entrada a los retretes.- Búscalos. Quiero salir de ellos de una vez. –es tajante. Y suena cerca.    

   Con un gruñido de espanto, palideciendo violentamente, Ennis aleja a Jack de su lado, empujándolo. Jadea mal, respira pesadamente y mira al otro, alcanzado de pronto por todos sus miedos, por todas sus creencias, su homofobia, por todo aquello que le habían enseñado de feo y pecaminoso sobre hombres de cierto tipo.   

   -Mejor vístete. –gruñe ronco, dirigiéndose hacia la salida.   

   -Ennis… -llama Jack, abatido, frustrado, pero el otro no se detiene.   

   Y comienza una larga historia donde no se vivirá hasta cuatro años más tarde. Años durante los cuales dos hombres existirán recordando, sabiendo que todo pudo ser distinto, pero atrapados en un mundo donde muchos se sentían con derecho a burlas, a gritos, a ofensas o agresiones. Gente que sembrada miedos. Miedos cultivados en tantos corazones que a la hora de la verdad podían hacer retroceder a un hombre recio que por un momento pensó en escapar de la cárcel de una vida sin sentido y estéril hacia el cielo abierto que le ofrecía un tipo joven y hermoso, con su pasión extraña, distinta y sin un nombre bonito que darle en el Wyoming del sesenta y tres. O en cualquier otra época, porque la intolerancia, el odio y la ignorancia nunca estaban muy lejos del corazón humano, provocando que alguien pudiera ser golpeado hasta morir por ser un marica, un extranjero ilegal, un negro pobre que escapa de la miseria o una mujer que sale sin un velo en el rostro desafiando a los hombres… 

Julio César.

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