MUJERES, ETERNA CONTRADICCIÓN!!!

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   Ríe siempre, bonita…

   Definitivamente son criaturas muy distintas a los hombres. Les preocupan cosas que pueden parecer pequeñas o abstractas, y sin embargo sostienen la humanidad toda. Es rara la mujer que resulta una asesina en serie, o que sufre de delirios de grandeza o de poder que la lleven a lanzar un ejército agresivo contra una multitud, u ordene torturas, desapariciones y asesinatos. Aunque las hay, claro; no asesinas, pero si con apetitos de poder. Hace tiempo en Venezuela existió una mujer cercana al poder presidencial, que gustaba de eso, del poder por el poder, del hechizo que este ejerce sobre la mentalidad más lineal y medio infantil de nosotros los hombres.

   Para nosotros, que cuando tenemos hambre comemos, o sueño dormimos, ellas, las mujeres, son la contradicción hecha personas en hermosos empaques. Como todos, aseguran amar la sinceridad y odiar la mentira, desean la paz y detestan la guerra. Pero es que estás son respuestas de librito, en Venezuela las misses deben sabérselas al caletre o quedan como más tontas de lo que todos imaginan que son. De una antigua relación, la más estable que he tenido, la que creí que sería ‘la relación’, Alicia, me quedó un gran cúmulo de experiencias al respecto.

   Le gustaba salir a tomar algo con los conocidos, los míos o los de ella, reír, hablar, bailar un poco; y al otro día me reclamaba que saliera tanto con esa gente, o lo necia que estaba fulana, o lo mal que la pasó junto a mengano, aunque a mí me pareciera que no hizo más que divertirse en todo momento y hasta de una forma alarmante. Cuando salíamos tarde de una fiesta, le gustaba quitase los tacones cuando pasábamos cerca de un parque y caminar sintiendo la grama; después se molestaba por las medias arruinadas. Le gustaba acostarse tarde, a veces tan sólo hablando nosotros dos (no tuvimos hijos) de todo lo vivido esa velada, pero le molestaba despertar temprano y tener que ducharse, preparar café (que lo hacía la máquina no ella), y creo que hasta me culpaba de estar desvelada. A decir verdad no le sentaban nada bien las trasnochadas, aunque yo jamás cometí el error de decírselo.

   Por alguna razón le encantaba guindárseme del brazo y caminar y caminar, hablando, comentando vainas, una esquina y otra y otra… y yo con ganas de sentarme, o de agarrar un carro, ¿a santo de qué tanto caminar?; pero al mismo tiempo le molestaba cruzarse con gente que gritara o pareciera discutir o la tropezara. Le encantaba el béisbol, como le gusta a la venezolana promedio, y sentarse conmigo y el resto de los panas a ver los juegos, gritando, azorándose… pero odiaba perder conmigo al punto de ser odiosa y venenosa como sólo las mujeres saben serlo en un momento dado; ella es caraquista, yo magallanero rajado, y entre las dos divisas no hay amor. Era de la única caraquista que yo no me burlaba jamás… o me tocaba dormir solo en la sala, ¡y me tocó más de una vez! Y no sólo por el béisbol.

   Fantaseaba con un largo viaje por mar, creo que lo consideraba muy romántico, con atardeceres, el sol cayendo en el océano, no sé, tal vez delfines saltando como saludando, los dos tomados de las manos, abrazándonos, Titanic pues… Pero le tenía miedo al agua, por alguna razón jamás quiso o pudo aprender a nadar. Por mi parte yo sólo pensaba en modernos piratas que atracaban botes, mataban gente arrojándola al mar y hundían las barcazas. Cómo se molestaba cuando exponía yo algo por el estilo. Otra diferencia entre los dos, imagino.

   Le encantaba decirme vamos a comprar algo, cosa que me hacía temblar, salir a comprar con mujeres es terrible. Me decía que no, que ya sabía qué quería y dónde estaba, pero en el viaje como que se perdía u olvidaba, porque eso era recorrer tiendas y tiendas (yo compró todo en la primera en la que entro, y sí hay algo que no esté, queda para otro día); pero le molestaba cuando la gente se acercaba a preguntarle qué buscaba. Le gustaba mantener la casa impecable, y lo hacia sonriente… para luego ponerme mala cara si pisaba algo de humedad y dejaba una huella, o si caía una miga de pan sobre una mesa o algo así.

   Así había mil detalles. Le gustaba hacerse rizos y crinejas, se veía hermosa, le encantaba mirarse al espejo… pero odiaba tejerlo y después desenredarlo. ¿Se puede ser más contradictorio? Tal vez los hombres sólo tenemos dos de esas características, cosas que odiamos pero lo hacemos: visitar a la familia política, cosa que se hace para contentarla a ella; y trabajar, porque nos gusta el dinero. Fuera de eso somos la mar de simpleza y sencillez. Sin embargo, es grato enfrentar, conocer y amar todas esas particularidades, ¿no? Por cierto, ¿no odian esas discusiones de sí no lo sabes es porque eres un maldito y yo no te lo diré…? Y qué importancia le dan a esos pleitos, para colmo.

Julio César.

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