BOCAS DEL TORO, PANAMÁ

   Hace dos meses se corrió la bola en el ministerio de que enviarían a una gente a un curso sobre estadísticas médicas fuera del país, y sudé. Mi nombre no fue mencionado, cosa que agradecí, ya no hallo qué cuento inventar para sacarle el cuerpo a tales cursos. No me gusta mucho viajar así de un día para otro, y menos a lugares o con gente que yo no escojo. Soy maniático y me gusta demasiado mi comodidad, lo admito. Fueron cinco personas (¡para un curso de actualización en estadísticas médicas!), y pasaron ocho días por allá, en Panamá. Al regresar le pregunté a Marlene, una coordinadora de piso (quien no pela jamás un viaje), qué tal fue. No sé qué pensó que le preguntaba, pero se desparramó toda entusiasta con ojos brillantes.

   Contenta, sonriendo, suspirando de añoranzas todavía, me dijo que la pasó divinamente, que se habían trasladado hasta la isla de Bocas del Toro y que habían gozado un puyero. Que ella estaba fascinada, enamorada y que ya extrañaba el lugar. Me habló de un cielo azul inmenso, de aguas blancas en una arena gris fina, que parecía más azulada en la lejanía que las de Venezuela. Me habló de la cantidad increíble (industrial diría yo), de camarones que comió. Y con lo ricos que son los condenados, hay que admitirlo. Todavía se relamía los labios pensando en todo el cebiche que devoró (se notaba algo panzona, y se lo dije más tarde para borrarle la sonrisa). Conocieron un negocio donde una señora toda riente, hablachenta (“parecía venezolana” dijo dando a entender lo salida que era la señora), preparaba unas copas gigantes con el manjar, a la usanza de ecuatorianos y peruanos (que lo preparan delicioso). Fue cuando me contó de los guías turísticos, al parecer en la isla todo habitante lo es y se esmera en que la gente se enamore del lugar. Cómo debe ser. Se hicieron acompañar de personas que les indicaban los lugares que debían conocer y por ello aprendieron algo de la historia local (que siempre fascina).

   Me habló de las plantaciones de cambures, al parecer Bocas de Ratón los exporta, y que sabían riquísimos, aunque la gente por allá ya no los consumía. Que la ciudad se veía hermosa, moderna, no como Caracas (y sin sus problemas), pero si pujante, aunque todavía era posible observar detalles y antiguas construcciones de la Ciudad Vieja, la cual fue consumida por un incendio por allá a principios del siglo XX. Que la gente vivía del turismo, de la exportación de cocos, que sembraban cacao y hasta café, cosa que yo siempre he asociado a climas más templados. Al parecer no solamente fueron a la playa, a llevar rico sol, sentir la dulce brisa, ser acariciados o revolcados por las agua del mar, sino que se fueron en una de excursiones, bien organizadas, donde los llevaron a la ‘selva’ a ‘buscar’ vestigios del pasado, que resultaban interesantes, me acotó ella, mientras lo narraba.

   Al parecer (les cuentan folletos en manos) a principios del siglo pasado, el XX, se edificó en la zona un hospital para gente negra, o de color como también dicen por allá. No entiendo esa sensibilidad de piel en países como los nuestros donde el mestizaje es la regla. Las viejas consejas, de las que el historiador Herrera Luque se hacía eco, dicen que dentro de la línea directa de parientes de Simón Bolívar había sangre negra. Pero en fin, cosas de los tiempos. Bueno, el cuento, ese centro hospitalario atendía a la población negra que trabajaba, según de forma semi esclava, las plantaciones bananeras de la isla y de la costa cercana; pero que cuando los sembradíos murieron por obra de un hongo, los terratenientes se marcharon, las haciendas decayeron y el centro médico, muy crecido para ese momento, fue abandonado. En muy poco tiempo la naturaleza reclamó sus terrenos y la selva creció entre las columnas y construcciones. Pero aún es posible verlas, así como viejas lápidas de infelices que cayeron sudando sobre la tierra. Ella, según, lo vio.

   Al parecer los guías alientan a la gente a bucear, las claras y tranquilas aguas permiten encontrar, aún hoy, restos de las antiguas construcciones, como trozos de cerámica o rieles. Ella no se atrevió, y no contaban con tiempo. Por lo demás, se tomaron cantidades increíbles de fotografías, corrieron como niños, jugaron a todo lo que se podía en esa arena, desde voleibol playero a ‘tiburón’ dentro de las aguas, o las consabidas luchas, unos en hombros de otros. Imagino que pronto llegarán los chismes y los malos entendidos, un subproducto de esos viajes. En fin, ahora anda en una de hacerle campaña al lugar, sobretodo a gente que desee segundas lunas de miel, algo romántico pero también más aventureros (menos tiempos dentro de una habitación como ocurre con la primera). Hasta yo creo que debe ser interesante, y suena bien: Bocas del Toro, en un extremo de la isla de Colón, cayendo en la laguna de Chiriquí, Panamá. Habrá que ir un día.

   Al final acoté: “Sí, muy bonito, pero ¿qué tal el curso? ¿Qué vieron?”. Ah, no, de eso no recordaba mucho aunque trajo varias guías. Después de todo es una coordinadora de piso y no tiene que andar pendiente de eso.

Julio César.

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