TRINITARIAS… (2)

   Lista a dar la batalla…

   -Vicky…
   -¿Qué haces aquí? –se controla la joven, mirándolo fijamente antes de volverse y encarar a Armando.- ¿Qué hacen aquí… juntos?

   -¿Hay algo malo en que nos encontremos, Victoria? Pensé que eso era lo que deseabas, ¿no? –replica este tragando saliva, mirándola de forma atormentada, furioso. Es vergüenza, humillación y dolor lo que arde en su alma, se siente… traicionado, traicionado por ella, su chica, la mujer a la que ha llegado a amar tanto sin darse cuenta de cuándo sucedió. ¡Ella lo había traicionado con ese tipo!

   -Armando, por favor… -la joven no le ruega que se modere, no le pide que no le hable así; ella desea que deje ese pesar, ese dolor que parece quemarlo porque sabe que eso lo hace infeliz, y que sufre, y eso la lastima más que cualquier cosa que pueda decir.- No me gusta verte así…

   -¿Y cómo se supone que debo estar cuando me entero que la mujer a la que quiero no sólo ha estado engañándome, que un día me sale con el cuento de que ama a otro sujeto, un gorilita que…?

   -Ten cuidado con tu boca, pana, o te la borro frotándote esa fea carota contra el piso. –gruñe Enrique, belicoso, viéndose peligroso, alzando una mano.- ¡Y no le hables así a mi novia! –casi gruñe. Armando lo mira furioso.

   -¿Es que acaso no has entendido todavía lo que pasa? ¿Lo que quiere Vicky? –se desespera al ver al otro como extraviado. Clava sus ojos furiosos en ella, que se revuelve inquieta, bajando la mirada.- ¿Cómo puedo aceptar que la mujer a la que quiero, ama también a otro hombre, y que acepte que tú quieres que yo te comparta con él? –casi grita en el colmo de las desesperaciones. Ella bota aire, levanta la mirada y lo encara, hermosa, decidida, pequeña pero fuerte.

   -Me han estado compartiendo durante semanas…

   -¡Victoria…! -Armando jadea mal, con la boca algo abierta, ¿como podía su bella chica ser tan implacable? ¿Acaso no entendía cuanto lo lastimaba?

   -¡Nena…! -gruñe también Enrique, con el corazón martillándole con fuerza, sintiéndose lleno de una rabia homicida, de un dolor sordo. La joven se vuelve y lo mira de forma directa, clara, hermosa en su simpleza, en su razonamiento de conversa (de medio loca).

   -Ya se los dije… No quise esto, no lo busqué, no sé como sucedió, pero así es. Cuando te conocí, cariño, me quedé sin aliento. Eras tan hermoso, sonriente, alegre y lleno de vida que quedé fascinada. Eres tan fuerte, viril y salvaje. Tu cuerpo parecía estar señalado con lámparas adicionales. Sabía que… -y se muerde el labio con cierta vergüenza pero sonríe al fin.- …que serías genial en la cama, que me harías vibrar y gritar. Creí que… era todo, que al fin había encontrado a esa persona que sería la mía, la esperada. Me dije, Vicky, a los veinte ya llegaste al final del camino, esto es lo que querías. Lo que era para ti. –levanta una manita y le toca el rostro, viéndolo tragar, como dolido y gustoso de oírla.- Eres tan maravilloso, Enrique, que cualquier mujer habría sentido lo mismo. Al verte supe que tenías que… ser para mí, y estar en mi vida y en mi cama; sabía que desearía despertar cada mañana a tu lado.

   -Yo siento eso por ti, nena, entonces… ¿por qué me haces esto? –suena mal, casi suplicante, pero su mirada se endurece, salvaje, al mirar al otro sujeto, quien parece abatido de oírle a la mujer que quiere decir todas esas cosas.

   -Porque entonces conocí a Armando. Fue unas dos semanas después. –se vuelve y lo mira, fijamente a los ojos, resistiendo su enojo, su rencor, su rabia sorda que se expresaba en forma de dolorosa mueca de repulsa.- Cuando te vi sentí algo extraño por dentro. No fue algo… como lo que sentí por Enrique, no deseé saltarte encima y quitarte las ropas y arrastrarte a mi cama.

   -Qué bien. –grazna, enrojeciendo de malestar.

   -Era algo más pausado, amor, más calmo. No fueron mis entrañas las que enloquecieron… fue aquí… -y esa mano cae en su propio corazón.- Sentí calor y frío, alegría y angustia. ¿Quién eras tú, tan callado, tan lejano, tan… dolido? Tu carita era la del hombre tímido, el callado, pero tus ojos eran salvajes, hambrientos. Me mirabas y dejabas salir todo aquello que no decías. Y te deseé esa vez. Me dije: qué locura, ya tengo a Enrique, pero… debía estar contigo. –traga saliva y desvía los ojos por un segundo.- Me creí una demente. Casi una… -no quiere pensar en palabras como zorra, puta u otras.- Pensé que si me acostaba contigo, si estabas entre mis brazos, todo terminaría. Esa curiosidad, esa necesidad extraña de ti, pasaría. Y yo continuaría mi camino, con Enrique. –ahora lo mira intensa.- Pero no funcionó. De alguna manera te metiste en mi corazón. –mira de uno al otro, angustiada, no sabía cómo explicar que los quería, no sabía qué palabras usar para que entendieran que para ella eran necesario los dos, que los deseaba a los dos, que necesitaba verlos, oírlos, sentirlos, y que cada uno era tan importante como el otro. ¿Como explicar eso? ¿Como podrían ellos entenderlo? Y sin embargo así era.

   -Es una locura, no se puede amar a dos personas al mismo tiempo. –jadea Enrique.
   -¿Quién lo dice? ¿Dónde lo dice? –rebate ella, serena.

   -No estamos hablando de las mismas cosas, Victoria. Un hombre puede compartir a una furcia, a una tipita con otros. Pero no a la mujer que ama. –gruñe, ronco, Armando.- Yo no puedo. Tú lo miras así porque… lo que sucede es que no me quieres en verdad. –y esa confesión le destroza por dentro, su tono es amargo.
   -No, yo te amo.

   -Vicky… -grazna Enrique.

   -Los quiero a los dos. –casi grita, mirando de uno al otro.- Quiero que entiendan que…

   -Yo no puedo entender esto. –ruge Armando.

   -Es una locura. –ataca Enrique. Ella calla, y baja la mirada.

   -Entonces… es todo. –alza la mirada cuajada en llanto.- Es todo. Se acabó. –mira a Armando, desafiante.- ¿Es lo que viniste a decirme? ¿Que todo se acabó?

   -No… yo no… -traga saliva, sitiándose morir. Enrique lo mira molesto.

   -Lo que el señor elocuencia y mucha inteligencia que se cree mejor que yo quiere decir es que nada se ha terminado. –trona, y Vicky se vuelve a mirarlo, impactada, sintiendo que su corazón quiere detenerse, dividida entre creer y no querer engañarse.

   -¿Qué quieres decir, cariño?

   -Vicky, yo… no puedo seguir sin ti. No sé qué me pasó, pero ya no puedo pensar en continuar viviendo sin verte. –declara enrojeciendo.- Te extraño, cada noche, a cada rato. Sueño contigo, con tu cuerpo, con tus besos y tus miradas. Recuerdo cuando me acariciabas en la cama, cuando me decías que todo estaba bien, que la vida era maravillosa aunque no se tuviera plata. Extraño tu calor, tu ternura…
   -Enrique… -sonríe boba, llorosa.- Yo también te quiero.

   -Igual yo. –se apresura Armando, tomándola por un hombro, obligándola a encararlo.- Te metiste en mi sangre, en mi cabeza, en mi carne. No imaginas lo infeliz que he sido estos últimos días sin ti. Yo mismo no sospeché cuánto te extrañaría, cuánta falta me harías. No sabes la rabia que siento al saber que ya no puedo tocarte, ni oírte o besarte. Y así no puedo. –confiesa. Encara la mirada interrogadora de la joven.- Te deseo en mi vida, Vicky León, y si para volver a tenerte debo soportar y reconocer que este tipo también existe, que así sea.

   -Epa, mamarracho, este tipo tiene nombre. –gruñe el otro.

   Pero Vicky ya no oye, sus mejillas palidecen, igual sus labios, y si no es por los dos jóvenes habría caído cuan larga es, rodando cuesta abajo por esas escaleras. Alarmado los dos la llaman, con sus manos casi cruzadas sosteniéndola, cada uno a su lado, angustiado, preocupado, llenos de amor.

……
   -¿Qué quiere, mamá? –pregunta Joaquín, enderezando la espalda sentado en aquel banco, mirándola entre mortificado e impaciente, mirada que la doña conoce bien.

   -Llevas mucho rato aquí, mijo. –comenta ella, suave.

   Aleida Mijares es una mujer algo obesa, de cabellos mal cortados, sin mucho cuerpo, medio teñido. Su rostro parece cansino. Su mirada refleja preocupación, cariño, pero también cautela. Lo nota cuadrarse ‘para la batalla’, e instintivamente sabe que Joaquín levanta barreras, muros altos tras los cuales se oculta siempre ahora. Ella sabía de la rabia que lo devoraba por dentro, de ese rencor que había manchado su vida desde muchacho, muchas veces quiso explicarle que eran cosas que pasaban, mala suerte, pero aquel muchacho niño se lo había tomado a pecho y dejó que la rabia anidara en su alma. Para Joaquín no había mayor misión en esta vida que combatir y destruir a los que consideraba sus enemigos. Ella podía entender esa lucha, hasta justificarla, era injusto que alguien muriera de hambre al lado de ricos manjares, pero no la compartía. Pero había más, esa parte que el joven había decidido que nadie conocería, lo obligaba a aislarse en facetas enteras. Sin embargo ella lo intuía.

   -Déjeme tranquilo, mamá. Necesito ejercitarme. Llevo días sin practicar. –gruñe sin mirarla, con el rostro enfurruñado.

   Si, llevaba días dedicados al ocio y la vagancia; días inútiles, vacíos… maravillosos días que pasaba en compañía de Adrián, dizque discutiendo de política y de conciencia social, cuando en verdad sólo deseaba mirarlo, tocarlo, recorrerlo todo con sus manos, oírlo reír, verlo relajado (siempre andaba como ausente, distante, y en su mirada había como dolor, se dijo más de una vez preocupado).
   -No me gusta verte tan solo, Joaquín. Antes salías un día como hoy, un sábado en la nochecita a pasear, al cine, a bailar con tus amigas. Siempre tenías a una llamándote. Ahora andas solitario, no te juntas con nadie como no sea esa gente del… comando. –lo dice con reprobación.- ¿Por qué andas tan solo?

   -Hay mucho qué hacer, mamá. No tengo tiempo para pendejadas. –la mira con ese rencor de siempre, no hacia ella, hacia… la vida, pero ahora no parecía tan intenso ni tan sincero como antes, piensa ella. Era una fachada. Otro muro.

   -Mijo, ¿por qué ya no traes nunca a una muchacha como antes? ¿Por que no sales con nadie? –pregunta, con el corazón palpitándole. Y él la mira, altanero, elevando el mentón, como dispuesto a contarle, a explicarle. Y ella siente miedo.

   -¿En verdad quiere que hablemos, mamá? ¿Quiere saber de mí? –pregunta desafiante; y entiende que no, la mira escurrirse en su mirada. ¿Qué tanto sabría, o sospechaba, ella? Eso que debería mortificarlo como a todo el que oculta algo, no logra alterarlo, no con ella, con su mamá.

CONTINUARÁ…
Julio César.

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