TRINITARIAS

      PREAMBULO

   El corazón tiene sus razones…

   Sudoroso, jadeante y totalmente agotado, el hombre, joven todavía, cayó de espaldas sobre la cama, intentando controlar su ruidosa respiración. A su lado, de pie, la mujer lo miraba con velado interés mientras bate con una pequeña cuchara un tónico reconstituyente anaranjado, de feo aspecto, dentro de un vaso. El cuarto huele a transpiración, a calor, a uso. La mujer, no tan joven tampoco, se inclina en la cama, sonriéndole, tendiéndole el vaso, solícita.

   -¿No se te ha aliviado la diarrea? –le pregunta.

   El hombre no responde, se siente indispuesto y no es únicamente por el descontrol de sus entrañas, también se siente ligeramente mareado.

   -No… -y calla mirándola, encontrándola atenta, a su lado, aunque el cuarto olía a rancio, llevaba tres días en esa vaina. Pero el ‘noviazgo’ ya llevaba tres años, se dice siendo sincero, el compromiso comenzaba a apestar mucho más.- Elena, ¿te casas conmigo? –dejó escapar, sorprendiéndose mientras lo decía.

   -¿Qué? –compone ella una sonrisa circunspecta, dejando ver las finas arrugas alrededor de sus labios. Dios, debía sentirse realmente mal, pensó.- ¡Claro que si!

   -Bueno… -termina él, sintiéndose extrañamente asustado.

   ¿El amor era siempre así? Se habla de magia, de campanas, de terremotos, de luces que estallan, pero para la pareja perecía más bien la conclusión de un viejo negocio iniciado hace tiempo. A la mujer no le molesta, lo quiere… porque ya se hizo a la idea de que sería su marido, el compañero para siempre, el padre de sus hijos. Que estuviera algo afiebrado, frágil y vulnerable no le quitaba méritos al momento. Ella lo haría feliz, sería la mujer que él necesitaba para continuar en la vida. Viéndolo bien, era un compromiso sólido, ¿qué no había magia? Tal vez tras su rostro algo desencantado la mujer ocultaba a una fanática del amor. Posiblemente tras sus temores, el hombre escondía el alma de un romántico.

   “Qué porquería”, exclamó para sus adentros el joven de piel negra y cabellos muy cortos, frunciendo la boca, viéndose más bembón. ¿Quién creería que eso era una novela romántica? Si llegaba a enseñársela a alguien se reirían, no tanto de la diarrea, cosa que siempre parecía divertido, reconoce para sí, sino de sus pretensiones. Mortificado selecciona el borrar todo y de la pantalla de su ordenador desaparecen los ofensivos párrafos. Se pone de pie, es alto, delgado, con un aire elegante, como de pantera esbelta.

   Su pequeño apartamento parece tan agobiador como ese cuarto de amores con aroma a baño. Se dirige a la ventana que da a la calle, lanzándole una larga mirada a Caracas, el atardecer va cayendo. Dejaría toda esa tontería de la novela y saldría a tomar algo, tal vez con su pana Javier, para salvar la noche. Suspirando piensa en cuánto desea un cigarrillo, pero esa batalla si pensaba ganarla. Mira la computadora, disgustado otra vez, preguntándose cómo hacer para sonar sensible, delicado… amable. No eran atributos suyos. Pero tenía imaginación, carajo, debería ser capaz de escribir sobre el amor, aunque no supiera de él. Su pareja daba asco (¿y qué esperabas si se le declara con diarrea?, le parece oír la voz de una querida amiga), pero supone que debía haber cientos de millones de parejas formadas en bases más endebles.

   Pero, ¿era siempre así? ¿Realmente existía ese embrujo que enloquecía a las personas, que las hacía vivir toda clase se situaciones, de avatares con tal de estar juntos? ¿Existía eso en todas las vidas? Tal vez. Seguramente existía el hombre que pensaba en su amada sintiéndose afiebrado pero de ganas de verla, oírla, tocarla, pensando únicamente en la manera de hacerla más y más feliz, sin detenerse en pensar tanto en sus propias satisfacciones, porque sus necesidades quedaban cubiertas al verla sonreír de amor. Tal vez estaba ella, la mujer que un día enloquecía de tal manera por un hombre que con tal de seguirlo cruzaba pantanos oscuros, escalaba rocas filosas y nadaba entre tiburones. Imaginar amores poderosos, grandiosos, llenos de luces y sombras, animaba en el fondo a los millones y millones que se detenían por un momento ante una hermosa puesta de sol, no mirando los bellos y nostálgicos colores, sino imaginando una vida distinta, rica en sensaciones, en emociones, en sentimientos. Pero ¿existían esos amores?

……
   A tres días del momento cuando la líder popular Irsia Roce, acompañando a la dirigencia de los estudiantes combativos (llamados despectivamente oficialistas) tomó la sede de la Nunciatura Apostólica, en protesta por los allanamientos en el 23 de Enero, en busca de los cómplices del carajo muerto a las puertas de La Cúpula Empresarial cuando colocaba un artefacto explosivo, todo parecía quedar dicho. El País daba vueltas y vueltas para terminar justamente en el mismo punto, nada se aprendió, nada se rectificó, la marcha hacia el desastre, el caos, el desgobierno parecía signar los tiempos. Mientras se intentaba forzar la mano con leyes ilegales, con medidas chapuceras, quienes debían vigilar se lanzaban a una nueva aventura electorera, convencidos como estaban que el rival a vencer no era un Gobierno que amenazaba con encadenar el país, sino el ‘colega’ opositor mejor ubicado; era a ese a quien debía destruirse. Era una feria de borrachos idiotas peleándose por una botella vacía entre eructos, vómitos  y meadas, pero todos con rostros muy serios, graves, como si de gente calificada se tratara.

   El país continuaba, de alguna manera, marchando. Calles y avenidas se llenaban de gentes y vehículos, de personas de rostros graves, risueños, molestos, preocupados que se cruzaban, se rozaban, se miraban furtiva o fugazmente, cada uno continuando su camino. Eran personas normales, gente de rostros llamativos, anodinos, interesantes, atractivos, vulgares o poco agraciados, gente común. Era difícil adivinar en sus semblantes los demonios que atormentaban a tantos, o las mieles de placeres que no costaban dinero o esfuerzos, esos que eran libros cerrados para tantos individuos.

   En una vivienda cualquiera estaba la mujer que miraba a su hijo consumirse con una rabia que entendía pero no compartía, presintiéndolo dominado también por una pena mayor, más grave, algo tan grande que no se confiaba a ella, quien cada noche antes de dormir pedía al Dios que le enseñaron a amar de niña por él y sus hermanos. O la hermosa joven, cuyo corazón se encontraba dividido, no entendiendo cómo le pasó eso, pero enfrentándolo con una extraña determinación que la llevaría a playas muy lejanas, viéndose obligada a enfrentar a toda la gente que ama. Y está el joven, el moderno Romeo, quien un día descubre que su mayor ilusión, su más grande afecto nace de quien más debe odiar, de la persona a la que debía despreciar, sintiéndose atormentado por ello.

   Pero ninguno de ellos podía hacer mucho por escapar a esas dudas, a esos temores, retos que estaban allí para probarlos. Eran prácticamente esclavos de lo que un día, quisieran o no, llegó a sus vidas cambiándolo todo, volviéndolo de cabeza. Quienes en verdad nunca han amado piensan que todo puede controlarse como quien evita comerse un pedazo de chocolate, porque aunque rico, puede ser peligroso por el azúcar o el peso, por lo tanto se le deja, se le abandona y se continúa. Pero eso no funcionaba para aquellos que sentían que sus vidas comenzaban y terminaban en una mirada ajena, en una sonrisa que despertaba alegría, ganas de gritar, de correr, de fundirse en un abrazo para sentirse sostenido, fundido. Amado. ¿Quién puede correr y escapar de su corazón?: únicamente un demente…

……  
   La tarde muere sobre Caracas, haciéndose ya casi de noche, el crepúsculos parecía caer temprano ahora. María Montes, cincuentona no muy alta, algo abultada en la línea del ecuador, que empeoraba por la costumbre de colgar el koala ahí, mira con aprensión la larga escalinata que debía descender para llegar a la plaza baja. Los escalones recreaban un enorme y amplio semi círculo, pero el espacio entre ellos era estrecho; una mala pisada y terminaría rodando hasta la Baralt, avenida por donde parecía circular todos los carros y autobuses del mundo. Se detiene un momento porque le parece ver una chispa de color en el gris paisaje de abajo, de vida, que se desliza con paso grácil. Una muchacha venía por la plaza baja y comenzaba a subir.

   Y no era que María Montes fuera fijándose por ahí en muchachas, pero esta era llamativa. Había en ella algo que era más que belleza, era… vitalidad. Era muy joven, lo notaba por los rasgos dulces y boniticos de su rostro, un algo como inocencia de niña que ya iría perdiendo pasado los veinti tantos. Era delgada, de busto llamativo, no grande pero vistoso, bien enfundado dentro de un suéter blanco que se amoldaba a su cuerpo. Sus piernas eran largas pero no flacas, como se notaba debajo del jeans rojo ajustado que usaba. Su cabello era negro, mucho, finito, corto, y sin embargo abundante y femenino. Lo que le confirma que era una belleza era lo que ocurría a su paso. Todos se volvían a mirarla. Los hombres la seguían, sus ojos bajaban a su trasero. A su paso,  si dos tipos hablan, callan, y uno le hace señas al otro para que la mirara. Y lo hacen los muchachos, los hombres, los ancianos. Al paso de la muchacha las cabezas se volvían deseosas de darle una buena mirada al parachoques. Algunos siseaban y le  decían cosas, pero la joven parecía no verlos, ni darse cuenta del efecto que produce. Debía ser lindo ser ella por un rato, se dice María Montes. Ella, aunque tuvo lo suyo (sus tetas marcaron su momento), jamás tuvo ese ángel, esa apariencia. Esa chica debía, forzosamente, ser muy feliz.

   “Qué mugre de vida, quisiera estar muerta”, pensaba para sus adentros Victoria Mendoza, Vicky para todo el mundo, la hermosa joven, mientas contempla la larga subida de escaleras. Vicky no está contenta con su vida, no podía estarlo. Tenía juventud, belleza, ángel, encanto, pero mas importante, inteligencia, determinación y salud, y sin embargo nada de eso le brindaba cosuelo en esos momentos. Era infeliz, terriblemente infeliz. Se muerde el labio inferir viéndose increíblemente bella en ese instante, casi logrando que un joven que viene bajando trotando pelara un escalón ante tanto encanto, y cayera. Él le sonríe pero ella no repara en él. No puede. Su mente está lejos, en las tierras del dolor. Y dejaba leves huellas en sus facciones.

   Su frente es despajada, totalmente lisa. Su rostro es delgado, de barbilla en punta, con un deje de firmeza. Sus pómulos redondos son altos, sus mejillas suaves, sin defectos. Su nariz es corta, algo levantada. Sus ojos marrones claros, eso que llamaban aguarapados, despiden luces a la mortecina luz que le daba de frente, cegándola un poco. Sus labios, enrojecidos de labial, son carnosos, pero no abundantes. Era, en síntesis, toda una monura de mujer, pero no era feliz.

   No se le ocurre hacer semejante comparación, pero su estado de ánimos debía ser el mismo que tuvo Eva una vez expulsada del Edén, donde todo era bonito, bueno y barato, para pasarla canijas con Adán, y eso antes de que pariera con tanto dolor. Vicky no cae en tal paralelismo pero lo intuye. Ella lo tuvo todo, tan sólo cinco noches atrás gritaba y creía morir de dicha en su camita, en brazos del amor. Ahora no tenía nada; ruborizándose, reconoce que se portó mal, fue una chica muy loca y traviesa, pero no lo hizo por maldad, sino porque estaba, eso, loca… Loca de amor, y eso la llevó a comportarse así, como una demente. En esos días, tan sólo cinco días atrás, pero especialmente las noches, sobre su pequeña cama, gritó, mordió, sudó y arañó mientras era poseída, atravesada por mil placenteras sensaciones que la hacían gemir una y otra vez, mientras era saciada y satisfecha cada una de esas ocasiones.

   Cada noche gritó de placer, de lujuria, pero también de amor. Coño, ella se había entregado con todo, ella no se había guardado nada, se entregó con pasión, de forma frontal, total y sin tapujos. ¡Se enamoró! Lo hizo todo, lo tocó, acarició, lamió y mordió todo. Hizo cosas que jamás les contaría a su madre y a su hermana que eran sus mejores amigas, no porque se arrepintiera, sino porque no sabría cómo contarlo sin parecer una obsesa, una maniática. Lo había tenido todo, había sido feliz, estaba en la cumbre, allí donde al elevar la mirada podía verse el Cielo de cerca… pero mentía. Y ella odiaba engañar, fingir, no pudo continuar aparentando que todo estaba bien. Quiso actuar correctamente y todo había estallado en su cara. Ahora se siente morir.

   Y el hombre que la sigue unos pasos más atrás, tal vez lo haga. Aquel hombre la odia al punto de desear matarla… porque una vez la había amado demasiado y ella había jugado con sus sentimientos, como si de un imbécil se tratara. La joven sube, el hombre tras ella lo hace también, y a cada paso en pos de la mujer que tanto quiso, siente que todo va a estallar, y que todo terminará mal.
……
   Solitario en el patio de la casa paterna, Joaquín Garcés se ejercita, con un ritmo que parece suicida. En el estrecho lugar, semi techado, el joven levantó algo parecido al esqueleto de un jergón de cama, un rectángulo de listones metálicos de dos metros veinte de alto por metro y medio de ancho, asentado sobre una base en forma de ve invertida, que le brinda estabilidad. Joaquín tiene sus puños cerrados fieramente alrededor del tubo superior, alzando su cuerpo con la fuerza de sus brazos, con la presión de su cuerpo, doblando sus rodillas. Sube y baja mientras jadea y resopla como un fuete. Lleva casi cuarenta minutos en eso, pero no lo sabe, no lleva la cuenta de cuántas flexiones ha realizado, sabe que son bastante porque sufre, todo le duele, los músculos de brazos y tórax le arden, pero no se detiene. No puede. Debía continuar. Agotarse para no pensar. Castigarse.

   Es un joven que tiene mucho en su haber, comenzando por eso, por su juventud, unos veintitrés años de edad. Es alto, mucho, más que sus hermanos, delgado pero fibroso, de bíceps más o menos desarrollados, de brazos fuertes. Su torso se dibuja bien, algo velludo. Su cintura es estrecha, su cabello negro es grueso aunque liso, sus ojos son oscuros, marrones pero sin luces, su boca es algo rellena, de labios que podrían ser llamativos si no fuera porque generalmente estaban oprimidos en una delgada línea de disgusto, mostrando la furia que dominaba su alma. Su cuerpo pasa un examen, como lo sabe él por las  miradas que muchachas y mujeres, y uno que otro tipo por ahí, le han lanzado. No se cree bonitico como esos mariconcitos que participan en el Mister Puchungo, aunque de haberlo querido…

   Pero esas vainas no le interesaban a Joaquín, le gustaba sentirse bien, y verse mejor por él, era joven, es decir le gustaba gustar, que lo notaran, pero no más allá de un límite de exhibición. Eso le parecían exhibicionismos idiotas.  Y los tiempos no estaban como para andar con esas pendejadas. Como joven de clase media pobre que le había tocado ver el batallar de sus padres, amigos y vecinos, no era tolerante, ni con otros ni consigo mismo. Él sabía que pertenecía a la basta mayoría pobre de un país rico. A él le tocó ver morir a una hermanita de cinco años en un hospital donde no había anestesia, mientras los niños ricos compraban en dólares carros blindados para correr piques en la capital, sin importarles a quién se levaran por el medio. Suya era la rabia de la exclusión, de los sin nada, de ver temblar de hambre a una anciana en su rancho, y a otra comiendo perrarina, de ver a los niños competir con zamuros y perros en un botadero de basura por algo que era el desperdicio de otros. Suya era la rabia  de ver a otros, una minoría, entregarse con burla a vicios y excesos mientras una basta mayoría sufría.

   Él había nacido bajo la crisis, para él el Vienes Negro nada significaba, no podía saber que antes de ese día Venezuela parecía rica y sus ciudadanos estaban inmersos en una fiesta orgía de gastos. A él le tocó hacerse hombrecito cuando un presidente ladrón y felón, Carlos Andrés Pérez, que había endeudado y robado anteriormente a la República, llegaba nuevamente al poder, prometiendo repetir el festín de Baltasar, ilusionando a los crédulos. Él supo de la traición, del paquete; de las medidas económicas duras tenientes a conseguir nuevos créditos internacionales para que la reducida camarilla continuara viviendo bien. Él escuchó los cuentos de gente que enloqueció literalmente cando de la noche a la mañana se encontraron con que eran embargados sus apartamentos, carros y cuentas por intereses de mora, liberados alegremente por gente que tenía plata y a la que nada de eso afectaba o importaba; qué se jodieran todos esos idiotas, era lo que decían.

   Escuchó, y sintió como un dolor propio, las historias sobre el Caracazo, que en verdad había comenzado en la vecina población de Guarenas, un veintisiete de febrero del ochenta y nueve, cuando una mujer con dos niños que iban al colegio fue insultada y vergajeada por un chofer de autobús en el terminal, porque no tenía para cubrir el nuevo aumento del pasaje. Aquel tipo no explicó que él era otro ciudadano víctima de planes económicos que no entendía ni fue consultado, simplemente la mandó a lavarse ese rabo, y llena de rabia (le contaron más tarde, y se preguntó cuánto de eso no sería invento y leyenda ya), esa mujer había abrazado a sus muchachos y preguntó a gritos que qué pasaba, si era que en Guarenas y no quedaban hombres con bolas que defendieran a una mujer.

   Y la defendieron. Esa madruga, en Guarenas, de los gritos y empujones se pasó a los golpes, a destruir e incendiar unidades de transporte, y esa rabia pareció explotar rebasando al pueblo. La gente salió a las calles de Guarenas a saquear, quemar y destruir. Pronto todo el país estuvo envuelto en desordenes, el amor a Carlos Andrés había terminado. La Guardia Nacional salió a reprimir a los alzados. Se habló de cantidades increíbles de caídos, de muertos, desaparecidos, y de las fosas comunes. El orden se restableció pero la república se habría resquebrajado, un grupo supo de la salvaje represión contra un pueblo que debía someterse a privaciones mientras una pequeña elite política vivía sin vergüenza, exhibiendo groseramente lo robado frente a una poblada famélica, y una clase empresarial que sacaba sus ganancias de este suelo para tierra más serias, ‘más civilizadas’, decían al poner a buen resguardo el botín extraído del campamento minero donde nacieron y explotaron sin piedad, como solía decir el periodista Rafael Poletto.

   Para un grupito era lo bueno, incluso la protección de las armas de la república, del soldado vuelto contra el pueblo para protegerlos, para una inmensa mayoría era la cola desesperante en una parada de jeeps donde aguardaban para subir a uno de los incontables cerros llenos de hacinamiento, marginalidad y en manos de delincuentes, a pasar una noche en zozobra oyendo disparos, rogándole a Dios no tener que necesitar salir esa noche por alguna emergencia médica, porque era aguantar hasta el otro día o arriesgarse a morir en las sombras de un callejón.

   Un grupo lo tenía todo, una inmensa mayoría, nada. Eso lo aprendió pronto el joven Joaquín Garcés, y contra eso levantó su voz de protesta, prestó su cuerpo, su corazón; por ello daría su sangre y su vida. Era su credo, la razón de su existencia. Su odio. Y sin embargo, dejándose caer con un gemido largo, lleva rato castigándose, con cada músculo doliéndole, nada de eso ocupa su mente en estos momentos. Medio inclinado, enderezarse le duele, igual que bajar totalmente los brazos, se deja caer en el banco de cemento donde su madre separa las ropas de colores para su lavado. Brilla de un sudor cálido y oleoso que le quema un ojo, su boca casi resuella. No piensa en sus enemigos, ni en su tarea, su misión… Lo que lo tiene mal, aquello que lo lastima es recordar un dulce rostro al que desea ver por encima de todas las cosas, unos ojos que siempre lo miraban con impaciencia, casi acusándolo de algo (Joaquín había llegado a preguntarse qué había hecho en esta vida para que esos ojitos lo miraran así, con tanto rencor a veces), en una boca que no se cansaba de besar cuando estaban juntos, a la que ha cubierto infinidad de veces, sintiéndose derretido por dentro al hundir su lengua, saboreando de forma codiciosa, mientras endurece todo por fuera, apretándose contra ese cuerpo con el que ya soñaba por las noches.

   Cierra los ojos sintiéndose morir, presa de una rabia infinita, no, más que eso, pesadumbre… porque aquella hermosa locura que le hace arder la sangre y las carnes, había terminado bruscamente, en medio de miradas de odio. No, tiene que reconocer con un infinito pesar, sintiéndose arrecho consigo mismo, no era odio lo último que brilló en su mirada. Bota aire, se endereza, le molesta sentirse así, impotente, maniatado, frágil; esa vaina no le gusta porque lo debilitaba, a él que era fuerte como un caballo, para halar y acarrear gente, y enfrentar a sus enemigos. Mira sus manos, eran grades y fuertes, las cierra y repara en sus nudillos, la mano derecha muestra claras señales de raspaduras. ¿Cómo pudo gritarle todo eso? ¿Cómo pudo mirarlo con tanto odio y gritarle que no era más que una maldita basura? Se estremece, aún ahora, al recordar todas esas palabras que lo lastimaron saliendo de esa boca que tanto le gustaba. Lo había visto todo rojo y levantó su mano con odio, con furia. Todo degeneró y golpeó y golpeó, sitiándose bien en ese momento, dejando salir lo que era, un hombre, coño, un macho que no podía ser ofendido así. Le hizo sentir bien derribar y hacer sangrar. Fue cuando ocurrió.

   Cuando golpeó vio la sorpresa brillar en esos ojos, luego la rabia y las ganas de defenderse, pero con los nuevos puñetazos encontró odio… y finalmente miedo. El miedo brilló en esos ojos. ¡Le tuvo miedo! Y eso le provoca un estremecimiento de dolor, ¿cómo pudo imaginar que…? Dios, él jamás le haría daño, ¿acaso no lo entendía? ¿No sabía lo que sentía? Se dejó llevar por su mal genio, por su rabia, por el rencor de oírle decir todas esas vainas (“Eres una maldita basura”, todavía escuchaba las palabras flotar en el aire). Lanzando un furioso maldita sea se pasa los dedos por el corto cabello algo alzado por naturaleza. Siente que quiere morirse, gritar, emprenderla a patadas contra el banco para dejar salir ese dolor, esa frustración que ni casi una hora de atormentarse con flexiones ha logrado curar. Abre los ojos y jadea, sintiéndose infinitamente triste.

   -Maldita basurita, ¿por qué me tratas así? ¿No sabes que me gustas, que me gustas mucho? ¿Por qué me lastimas de esta manera, Adrián? –susurra plañidero, y decir el nombre del otro lo llena de una cálida oleada de rabiosa ternura, de insatisfecha ira, como lo era todo en su vida.

   -¿Joaquín, mijo…? -escucha la queda voz.

   La sorpresa casi lo hace saltar y gemir, levantando los ojos y enfrentando la mirada inquieta de su madre. El corazón del joven palpita salvajemente; su vida, esa vida que ocultaba del sol, del cielo, de la vista de todos, era su secreto. ¿Lo habrá escuchado su mamá llamarlo?

……
   Vicky llega a lo alto de las escalinatas, indiferente a la gente a su alrededor, pero diciéndose íntimamente que ningún cardiaco podría subir por ahí. ¿Quién proyectaba plazas así? De reojo repara en la estatua ecuestre de Simón Bolívar, y no puede evitar una melancólica sonrisa recordando a un buen amigo hablando del prócer:

    -Simón Bolívar demuestra que los muertos no salen un carajo, si no ya habría estrangulado al maricón ese que no se cansa de cagarse en su memoria.

   Palabras textuales. Su sonrisa, trémula, muy tristona, se ensancha un poco, era increíble que un ex profesor de bachillerato hablara siempre así sin medirse de en dónde lo hacía o qué decía. Aunque siempre había oído que la gente más lenguaraz eran precisamente los maestros, seguramente una de esa ligerezas que todo el mundo repetía. Tan distraída va pensando en ello que cuando la figura sale de detrás del pedestal, encarándola, casi chocan. La joven deja escapar un leve gemido ahogado, de profunda sorpresa, pero había más, como dolor.

   Frente a ella se encuentra un tipo joven, tal vez de unos veinticinco años de edad, no muy alto a decir verdad, sacándole únicamente una cabeza a la joven. Es de rostro delgado, de barbilla cuadrada, piel blanca algo amarillenta, ese tono cobrizo que tiene en este país aún el hijo del más europeo. Su cabello es increíblemente negro, como sus ojos no muy grandes, y lo lleva echado hacia atrás a fuerza de gelatina. Su frente parece despejada, algo ancha, la nariz es recta. Y en conjunto, se ve bien, porque una fuerza interna, nerviosa y vital, parece hervir en su interior. En sus ojos era posible mirar hacia una habitación llena de vida, que también podía cerrarse. En esos momentos parecían arder, allí, de pie, con las manos en los bolsillos de su pantalón, uno azul oscuro como el saco que le da un aire de empleado bancario incluso por la corbata, que parecen baratones. En esa mirada había dolor, pero también resentimiento y ella lo entendió con un estremecimiento de profundo pesar. Cuánto podían lastimar aquellos a los que se amaba. De las pocas cosas o personas que podían herirla horriblemente, aquel joven era uno.

   -Hola, Victoria. –dice él, con una voz baja y controlada que luchaba por salir de su boca. Ella lo mira alarmada, dando un paso atrás.

   -Armando… -susurra, casi sonriendo, con los ojos empañados; dolida por la rabia y acusación que lee en esos ojos, pero contenta de verlo, de tenerlo ahí y mirar su carita de hombre enamorado a pesar de todo. Con medio paso más, atrás, choca de alguien. Se vuelve y ahora si deja salir un chillido casi involuntario.

   -Hola, nena…

   La joven con ojos muy abiertos mira a la persona que subió detrás de ella por las escaleras. Es un mocetón casi de la edad del  otro, terminándose allí todo parecido. Este era alto, fornido, cargado de hombros, bíceps y muslos. Su cabello es claroso, tipo bachacón. Sus ojos son amarillentos, y la mortecina luz de la tarde parece hacerlos luminosos y abiertos. Y era más abierto. Él estaba molesto, odiaba estar allí y eso se leía fácilmente, sin dobleces, sin matices profundos. Un viejo y desgastado jeans, casi obscenamente ajustado sobre caderas y nalgas, así como la franelita roja y una chaqueta que ni de lejos, y en lo oscuro, podría confundirse con cuero, denuncian una posición algo más precaria. Es un tipo que resulta increíblemente llamativo para el sexo femenino, hay algo armonioso en su rostro, en su manera de hablar y de reír, aunque sólo dijera imbecilidades (como pensaba el otro con rencor y algo de envidia). Su cuerpo parece haber sido hecho a propósito para atraer miradas sobre sí.

   -Enrique… -jadea ella, desfallecida, con su pecho agitado, subiendo y bajando rápidamente, casi con esfuerzo. La joven sabe que enfrenta un delicado momento en su vida, algo que puede resultar definitivo; se le dijo que así sería pero ni así lo creyó del todo.- Enrique… -repite ella mirándolo cálida, llena de amor, de dudas, sufriendo; y repara en que él responde, como aflojándose un poco, como mirándola con menos rabia, era eso lo que brillaba en sus ojos. El buen Enrique… piensa con amor la fémina.

   -Vicky…

   -¿Qué haces aquí? –se controla la joven, mirándolo fijamente antes de volverse y encarar a Armando.- ¿Qué hacen aquí… juntos?

   -¿Hay algo malo en que nos encontremos, Victoria? Pensé que eso era lo que deseabas, ¿no? –replica este tragando saliva, mirándola de forma atormentada, furioso. Es vergüenza, humillación y dolor lo que arde en su alma, se siente… traicionado, traicionado por ella, su chica, la mujer a la que ha llegado a amar tanto sin darse cuenta de cuándo sucedió. ¡Ella lo había traicionado con ese tipo!
   -Armando, por favor… -la joven no le ruega que se modere, no le pide que no le hable así; ella desea que deje ese pesar, ese dolor que parece quemarlo porque sabe que eso lo hace infeliz, y que sufre, y eso la lastima más que cualquier cosa que pueda decir.- No me gusta verte así…

   -¿Y cómo se supone que debo estar cuando me entero que la mujer a la que quiero no sólo ha estado engañándome, que un día me sale con el cuento de que ama a otro sujeto, un gorilita que…?

   -Ten cuidado con tu boca, pana, o te la borro frotándote esa fea carota contra el piso. –gruñe Enrique, belicoso, viéndose peligroso, alzando una mano.- ¡Y no le hables así a mi novia! –casi gruñe. Armando lo mira furioso.

   -¿Es que acaso no has entendido todavía lo que pasa? ¿Lo que quiere Vicky? –se desespera al ver al otro como extraviado. Clava sus ojos furiosos en ella, que se revuelve inquieta, bajando la mirada.- ¿Cómo puedo aceptar que la mujer a la que quiero, ama también a otro hombre, y que acepte que tú quieres que yo te comparta con él? –casi grita en el colmo de las desesperaciones. Ella bota aire, levanta la mirada y lo encara, hermosa, decidida, pequeña pero fuerte.

   -Me han estado compartiendo durante semanas…

CONTINUARÁ…

Julio César.

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