THRILLER… THRILLER… ¡¡¡THRILLER!!!

   ¿Quién no lo vio, quien no se emocionó, quien no lo bailó aunque le saliera la cosa más tonta del mundo? Esos zombis saliendo de sus tumbas, esos escenarios umbríos, esos muertos vivientes caminando ladeados, saltandito con un brazo extendido, y luego Michael Jackson con su gritico, meneándose, bailando, cantando… Sí, aquello fue la locura. Tenía yo trece o catorce años cuando el rey del pop (sí, el reyo del pop), apareció con aquel video musical. Recuerdo la campaña de televisión, únicamente había dos o tres canales privados en ese momento ocupando todo el espectro nacional, fuera de dos del estado, donde uno era cultural. Las promociones eran de: ya viene, esta tarde (y lo gritaban): ¡thriller!

   No sé cuántas veces lo vi, ni cuantas otras no lo perseguí de canal en canal, buscándolo. En el liceo la gente andaba enloquecida, desde hacía rato todos ensayábamos la patada hacia atrás, ese pasito de avanzar retrocediendo, pero con Thriller se llegó al límite. Yo mismo me disfracé de Michael Jackson en esa época para ir a fiestas alegóricas,  entiendo lo tonto que debe parecer ahora, pero así éramos, aquello era lo máximo, lo mejor que se había visto y debíamos ser parte de ello también. Al menos no me pasó como al hermano de mi amigo Wilmer, quien fue llevado por su mamá (qué degenerada) disfrazado de John Travolta para que bailara en un concurso de Vaselina o Fiebre del Sábado por la Noche, en el programa de variedades SABADO SENSACIONAL. Los travolticas eran la locura de ese momento. A él le molesta que se lo recuerden, pero creo que en ese tiempo se divirtió bastante, como yo disfrazado mitad humano y mitad monstruo, mal bailando Trillar.

   Hace poco vi una nota de prensa donde decían que ya han transcurrido veinticinco años desde que el disco video fue lanzado al mundo, impactándolo, tomándolo por asalto, y aún ahora continúa siendo el álbum más vendido de todos los tiempos. ¡Hasta mi mamá tuvo que ir a hacer cola frente a Don Disco para comprármelo o a mí me iba a dar una vaina! Según el sello Sony-BMG, del mismo se vendieron 104 millones de copias y se mantuvo 80 semanas entre los más vendidos en Estados Unidos, con 37 de ellas encabezando la lista. Fue 27 veces disco de platino en Norteamérica, así como en otros países donde hasta disco de diamante fue.

   Qué grande era Michael Jackson para nosotros en esos momentos. Lástima que enloqueció (se volvió excéntrico, tiene real, así que lo suyo es excentricidad) y le dio por querer blanquear su piel, suavizar sus líneas faciales y rodearse de tantos detalles y declaraciones estrambóticas, como su maña de decir que era un niño y jamás envejecería. En un programa de E!, el canal de entretenimiento, por pura ociosidad una gente se puso a ver cómo sería hoy en día su rostro si no se hubiera vuelto loco, con esos programas de computadoras policiales para buscar nuevas identidades de sospechosos, y se veía a un hombre negro de mediana edad, con cabello afro corto, y hasta bien parecido. Esa gente dijo algo que sonó duro: ahora sería un atractivo hombre afro americano (qué maña de darle vueltas a las cosas) y no una horrible mujer blanca. Y es que sin querer ser criticón: se parece tanto a la simio protagonistas de la última versión de El Planeta de los Simios, que asusta. Seguro alguien lo hizo a propósito.

   De sus problemas legales, no creí esa última acusación donde querían sacarle plata. Se veía demasiado por encima el interés. Es como cuando al boxeador aquel una mujer lo acusó de golpearla o a la Naomi Campbell, con toda y lo bicha que es, alguien intenta demandarla por violencia; como ya lo saben fallosos, cualquier charlatán y vividor quiere sacarles plata. Ese día, cuando el jurado lo encontró no culpable de todos aquellos cargos, grité ¡Sí!, y me alegré, por él… y por mí. Todavía lo veo como el muchacho de rostro suave, voz más suave aún, agarrándose las pelotas, lanzando su gritico de guerra y bailando como si se deslizara por las nubes. El Michael eternamente joven que danza con los muertos vivientes, cuando no era tan complejo ni tan propenso a la piedad de quienes lo admirábamos.

Julio César.

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