CÓMO FUE, ENNIS DEL MAR…

      “¿Quién eres que me pareces tan…?”

   Descendiendo del viejo camión, sentía todo engarrotado, el joven de cabellos claros y mirada evasiva, austera, entrecerró sus ojos cegado de pronto por la blanca luz de aquel ambiente casi hostil. Ahí estaba por fin, en busca de un trabajo estable para todo el verano y asegurar algo de dinero. Había llegado con todo lo que era y tenía, con sus botas viejas y su mejor sombrero, su único sombrero, calado en la frente. Todo lo demás iba en una bolsa de papel. Todo lo que era, lo que tenía, iba allí. Lo otro era su rostro franco, su mirar austero, sereno y serio de tipo joven, un muchacho todavía, que ya era un hombrecito. Con el rostro algo fruncido mira a la distancia la lejana montaña y entendió a conciencia que sí, que iba a trabajar allí, alejado de todo y de todos, en medio de una gran soledad. Eso no le preocupa. Se siente bien a solas. Pero por un momento piensa en Alma Beers, y bota aire. Iba a extrañarla mucho, lo sabía. No había noche en la que no sitiera su sangre arder en su camastro al pensar en ella, menuda, grácil, de buen busto, con un trasero que atraía miradas, no solamente las suyas, lo había notado. Pero extrañamente nunca sintió celos, jamás golpeó o deseó golpear a nadie por ello. La sabía bonitica, pero Alma era suya, era una certeza que eliminaba los miedos. Nadie se la quitaría jamás. Estaba convencido de ello, y tal vez eso habría molestado o lastimado a Alma de saberlo. Ella ya le pertenecía, la eligió y era su dueño, a ella no le quedaba otra que seguirlo.

   Si tan sólo no fuera tan cerrada, piensa mientras cruza cabizbajo el yermo paraje rumbo al trailer que imagina es la oficina. La joven era irreducible, más allá de besos y unos cuantos manoseos, muy pocas veces había logrado colar su mano bajo la falda del vestido, ardiendo de fiebre, duro como una piedra, con ganas de saltar sobre ella; pero la muchacha no aflojaba nada. Estaba decidida a conservarse para el matrimonio, para esa noche. Sonriendo levemente, algo que parece costarle, imagina la sorpresa que se llevará la muchacha; tal vez de saber cómo sería esa ‘primera noche’, cuando él no pensara sino en poseerla, hundiéndose en ella con desesperación, tal vez habría agradecido ‘ejercitarse’ un poco antes. Eso lo piensa a la ligera, pero no aplicaba para él. Si Alma no fuera virgen, una casta y pura doncella, él gritará, la repudiaría y tal vez hasta la azotaría. Lo sabía. Se conocía.

   Le gusta la idea de tener acción, estrecharla en sus brazos, sentirla cálida, gimiendo, entregándose a él, a sus besos, a la urgencia de sus carnes de muchacho caliente y sátiro; pero también le gustaba saberla modesta, prudente. Decente, ¡cómo debía ser toda mujer bien criada! Las mujeres no podían ir por ahí practicando y ejercitándose, eso era para las putas. Como Susy Lee, la zorrita de la tienda, quien era capaz de atraparlo con sus brazos y piernas, siempre buscándolo, llamándolo, meciendo sus tetas frente a él. Era una zorra… pero muchas veces, cuando la cabalgaba como a una potranquita briosa, atrapando y apretando sus pequeños senos, creía adivinar en sus ojos angustia, las ganas de oírle decir algo amable. Pero no podía; no era grosero o rudo con ella, pero tampoco amable, porque Susy Lee era una puta. Una mujer decente no debería ni pensar en esas cosas, y esperar a que su marido la guiara a través de todo el proceso… y que la llenara de hijos. En la cocina, descalza y preñada, como decía su padre, así las mujeres tenían en qué ocuparse y eran felices.

   Se detiene frente al trailer y mira en todas direcciones. Sólo hay soledad y muchas extensiones de tierras baldías. Botando aire se recuesta de la polvorienta pared de la caseta. Y espera. Sólo el paso de un viejo tren perturba por largos minutos la monotonía del momento. Monotonía, estabilidad, eran palabras que el joven no empleaba jamás, pero entendía lo que significaban. Así deseaba su vida. Y buscando los medios para conseguirlo, había llegado a ese lugar a sus 19 años, para hacer ese trabajo de pastor en la montaña Brokeback. Y sin embargo escucha más que mira el tren que se aleja, preguntándose con un estremecimiento de piel sí habría algo más, otros lugares, otra gente, puticas más hermosas y apasionadas en otras partes, todos esos lugares por donde el viejo tren transitaba. Otra vida. Pero eso no era para él. Y mientras recorre nuevamente el lugar con la mirada, y piensa en Alma y su sonrisa, sus senos que se adivinaban bajo el vestido provocándole un tibio calor interno que nada tenía que ver con el inclemente sol, y aún más en Susy Lee y su forma de amar y exigir, atrapándolo con sus piernas, está lejos de imaginar que esa sería su existencia por el resto de su vida: pastorear ganado ajeno en diversos ranchos.

   Sería su destino no tener jamás algo propio, siempre empleado de otros cuando las cosas estuvieran bien, mientras las fuerzas de la juventud duraran. No avanzaría más, no encontraría cosas mejores porque algo se lo impediría, algo que ni siquiera puede soñar en ese momento, circunstancia que lo obligaría a ausentarse del mundo durante varios periodos al año, alejándose de todo y todos, cosa que no gustaría a todos los patrones pero que él no podría evitar, ¿cómo no escapar de tanto en tanto en busca de un poco de felicidad, enana montaña, en una cabaña alejada? Jamás se lo plantearía en esos términos, pero esa sería la vida de Ennis del Mar, un joven vaquero que a sus 19 años buscó un trabajo estable para ese verano del 63, sin saber que un viaje largo, tormentoso, maravilloso y terrible comenzaría para él.

   Pero ahora, mientras fuma un achaparrado cigarrillo que parece haber guardado en su bota, montando un pie sobre la pared de la oficina, pensaba nuevamente en Susy Lee, la putita, y en Alma; Alma la bonita, la que tanto le gustaba, la que le hacía arder la sangre por las noches a solas en su catre, obligándolo a cascarse en su nombre, imaginándola en situaciones y posiciones que sabía jamás ella admitiría, ni a él le agradaría que adoptara. Ella sería su mujer, y la llenaría de muchachos. Y en este punto, se detiene. No piensa en ello, no en forma consiente, pero nuevamente intuye que la vida podía continuar un poco más allá; para ella, para él. Lo había visto en muchos, que con el paso del tiempo parecían ir hundiéndose en los sueños consumidos, resentidos, amargados, refugiándose en la bebida para escapar de un mundo que no fue bueno ni les dio lo que deseaban. Eso podría pasarle a él, llegando el momento en que fuera otro de esos carajos que se emborrachaba para gritarle a la mujer y a los hijos, tal vez golpeándolos, descargando en ellos el odio que sentían por una vida que no era vida, amargado mientras iba secándose bajo un sol que todo lo destruía dentro del hombre obligado a pasar la vida doblado en tierras ajenas, siempre envidiando y codiciando lo que otro sí logró.

   No, él no. A él no podía pasarle eso. No quiere terminar odiando a Alma, a sus hijos, a todo lo que era su vida, como tantos y tantos a los que veía quemarse en bares y cantinas. Y no le ocurriría, él escaparía de embrutecer y ser violento con los suyos, porque mientras esos oscuros presagios ensombrecían su mirada, el destino movía sus fichas y el universo sus estrellas, y frente a él se desplaza una camioneta oscura, vieja y ruidosa que se paró en seco más que detenerse. Y vio descender a un joven de camisa azul y sombrero negro, quien mirando la vieja pick up con disgusto, le lanza un puntapié. Parecía ligeramente molesto hasta que se volvió hacia él, y el joven de cabellos claros notó esa mirada franca, abierta, curiosa, extrañamente luminosa y más azulada que su camisa. Leyó, o creyó leer, en es mirada un: “Oye, oye, ¿quién eres, vaquero?”.

   Y el catire tuvo que bajar la vista, azorado por el violento estremecimiento que recorrió su cuerpo casi haciéndolo temblar bajo aquel sol inclemente, por la piel de gallina que adivinaba en su nuca, por el latido rápido de su corazón, “¿Qué ocurre?”, se preguntó desarmado. Parpadeó con rapidez, aclimatando los ojos a esa luz que cegaba que lo deslumbró al alzar la vista, y por eso no reparó en que aquel muchacho alto y delgado, de grandes ojos y largas pestañas continuaba observándolo, antes de esbozar una enigmática sonrisa de medio lado con sus labios rojizos, mientras en todo sus gestos parecía haber entendimiento: “Así que era esto, para esto vine…”. Y el sobresalto de su corazón era aún mayor, porque intuía, tal vez, lo que el destino podía traer.

   “He llegado; al fin estoy donde debo estar”.

CONTINUARÁ…

Julio César.

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