RELOJ, DETEN TU CAMINO…

   Ahora sabía que era lo que había esperado toda su vida…

   Ya no debía volver, siempre se lo repetía al terminar la función. Lo intentaba. A veces lograba pasar toda una semana sin pensar en ella, pero luego corría a verla, a sentirla. A sufrir y amar con ella. No podía evitarlo. Habían pasado tres meses desde su estreno, y por doquier había copias piratas, pero para él no era suficiente. Sólo ante esa gran pantalla y únicamente entre otros que entendían lo que padecía, era aceptable. A solas hubiera sucumbido a la tentación de adelantar escenas enteras, deteniéndose en aquella que se acomodaran a sus deseos. Así no, ahí tenía que llegar hasta el final. Y sufría, pero también amaba más. Algunos podrían decirle al muchacho, Nico, que estaba mal, que estaba enfermo; pero ahora el joven creía entender una vieja cita de la monja que años atrás le enseñó catecismo: por amor el Justo fue al Calvario, sufrió y padeció, pero perdonó por amor.

   No quiere ser tan oscuro, tan solemne, pero no puede evitarlo. Cuando se apagan las luces y la pantalla se ilumina con el agreste paisaje y se oye la guitarra que toca a dolor, el joven ya sufre, porque un tal Jack Twist se va a enamorar, va a padecer y va a morir sin haber oído un: Jack, te amo. Sabe que nada cambiará eso. También sufre por Ennis del Mar, por su soledad, por su perdida y su dolor, pero de forma egoísta (tiene apenas dieciocho años y tiene ese derecho), piensa que se lo tiene bien merecido por despreciar a Jack, por no haber sabido hacerlo feliz prefiriendo aferrarse a sus dudas, miedos y prejuicios.

   A Jack lo defendería ante cualquiera, a Ennis intentaba comprenderlo nada más. Porque (algo que jamás admitiría ante nadie) Nico amaba a Jack Twist de una forma total. Se había enamorado de él desde el primer momento en que lo vio cobrar vida en la pantalla, pareciéndole que no había nadie más hermoso, maravilloso y terriblemente tierno en todo este mundo. Su sonrisa, su mirada, su entrega lo habían arrastrado a un mundo de irrealidad (entendía que lo era), del que no podía escapar. Era como esos seguidores de Sherlock Holmes, a quienes el gran detective se les había vuelto alguien muy real.

   Sumergiéndose en la película mira a Ennis caminar del sofá a la ventana, nervioso, fumando, tomando cerveza, intentando tranquilizarse, porque espera. Espera la visita más importante de toda su vida. ¿Conoces a un tal Jack Twist? Recuerda la pregunta, y el aviso. ¡Viene! Jack debía estar por llegar. No puede contenerse, quiere caminar, saltar, gritar, hacer algo que lo distraiga, pero teme que Alma note algo extraño. Oye un traqueteo fuera de la casa y salta del sofá. Se apresura hacia la puerta y se detiene en lo alto de las escaleras. El corazón parece que va a detenérsele en el pecho antes de saltar y bombear locamente. Lo mira, ahí estaba al fin, Jack, sereno, algo grave, como si no supiera qué esperar, observándolo también. Pero en sus ojos brilla la esperanza, la ilusión, y Ennis teme que también el amor. Lo mira y Ennis se pierde en ellos, porque esa mirada clara y brillante siempre hablaba con voz propia.

   Sabe que basta que se miren así para que se entiendan, como lo hicieron cuatro años atrás en Brokeback Mountain, una noche, en una carpa. Una noche en la que no hicieron falta explicaciones ni palabras, sólo un cruce con esa mirada elocuente, clara como un cielo de octubre, limpio, infinito, cargado de promesas, de vida, de lealtad, de amor, de dicha. Su existencia, gris hasta ese momento, había cambiado gracias a la suplica, a la entrega y necesidad que leyó en esa mirada. Mirada que ahora, allí al pie de las escaleras, esperaba por él, otra vez.

   Pero no, eso había sucedido cuatro años atrás. El mundo había cambiado, él había cambiado. Ahora estaba Alma, estaban las niñas. Tiene que serenarse. Controlarse. Abre los brazos, amistoso pero viril, sonriendo leve: y dice algo que pudo ser: Jack Twist, hijo de puta. O: puto Jack Twist (sin saber inglés, es difícil saberlo, piensa Nico). Baja las escaleras, hacía él, hacía el encuentro con su destino, intentando no pensar en lo atractivo que se ve. No. Hermoso. Jack Twist se veía hermoso. Y mientras lo espera, Jack siente que se marea de felicidad. Están uno junto al otro y es Ennis quien no aguanta más y lo abraza, con fuerza, con rudeza. El abrazo de un carajo por un camarada de armas, de pesca, o algo así. Pero Jack cierra los ojos, aferrándose a él, necesitándolo. Ennis lo siente contra sí, cálido, fornido, joven y vital, como fue cuatro años atrás, y cierra también los ojos, casi hundiendo el rostro en el cuello de Jack, percibiéndolo todo, dejándose recorrer por todas esas poderosas oleadas que lo marean. Ennis tiene que sostenerlo con fuerza, como temeroso de soltarlo y caer sin sentido, o de que Jack escape por alguna razón, alejándose nuevamente de su vida.

   Nico los mira y entiende la batalla de Ennis, un tipo que quiso convencerse de que nada había pasado, que había padecido fiebre de montaña, pero que ahora ahí, con Jack, su Jack, contra el pecho, revivía todas esas emociones, toda esa pasión. Toda la necesidad que había sentido por ese tipo, y toda la alegría y placer que le había dado a su vida. Pero no sólo tú sufres, Ennis, piensa el joven en su asiento, molesto porque oye que alguien conversa y medio ríe (como una burla nerviosa de quien tiene que demostrar que eso no le impresiona). “No, Ennis, mira como tiembla Jack, porque él sí aceptó en esa montaña que te amaba, a tal grado que se entregó todo. Él tampoco ha sabido cómo vivir sin ti o cómo hacer para olvidarte. Acabaste con su paz, con su alegría, porque desde ese momento sólo podía recordar una y otra vez todo lo que quedó atrás, sabiendo que su amante, su todo, no hizo nada por retenerlo; pero lo conozco, es tan increíble que debió perdonarte hace mucho tiempo”.

   El joven parece una estatua en su sillón, pensando, “seguro que él no intentó olvidar como tú, Ennis, y que cada día, cada noche revivió en su memoria los momentos juntos, atesorándolos, repitiendo tú nombre, Ennis, Ennis, Ennis del Mar, para sentirse vivo y feliz, acompañado y amado; tal vez… hombre al fin, intentó llenar su soledad con encuentros fortuitos, pero seguro que nada significaron, y que en cada rostro buscaba el tuyo. Y va a morir, Ennis, antes de que termine la cinta, va a morir y no le dijiste que lo amabas. Yo sé que lo querías y por eso te perdono, pero él no lo supo. ¿Existirá el Cielo, Ennis? ¿Dios será realmente amor como dijo el Hijo del carpintero, cómo decía aquella monja? Espero que sí, y que se encuentren otra vez en un lugar hermoso y bueno y que lo primero que le grites al verlo es que no puedes estar sin él porque lo amas. El mundo no fue bueno con ustedes, porque hubo miedo a las risitas, a las burlas, y a los que eran capaces de golpear y matar a otro porque era un marica, como si de una justificación se tratara. Pero el mundo es así, Ennis del Mar. El mundo siempre fue así. Siempre estarán los que persiguen a un negro, o a un musulmán, o a un judío, o a un extranjero, o a una mujer que sale a la calle sin un velo en su rostro, o a un marica, o…”

   Ennis no tiene idea de todo lo que pudo haber sufrido Jack, pero en esos momentos cree que ningún predicamento es mayor que el suyo. Sólo aprieta más y más a Jack contra sí, mientras siente que todo gira a su alrededor, y se aferra más al otro, mareado, embriagado por unas ganas, por una urgencia que lo llenan de miedo y felicidad. De una felicidad grande, total y aterradora que lo debilita y desconcierta. Sentirse totalmente vivo era algo tan extraño para él, como desconcertante. No estaba acostumbrado a sentir, a ser feliz. Se aparta un poco y mira ese rostro añorado en momentos de debilidad, de las pocas veces cuando se permitía pensar en él en su intento por olvidar y seguir adelante. Mira esos ojos nublados de angustia, de entrega, que le gritan su amor otra vez. Ennis quiere controlarse, están en la calla, mira en todas direcciones de forma rápida, nerviosa, intentando tranquilizarse, de poner distancia. Pero no puede. Mira esa piel joven, esa cara y esos ojos donde brilla lo que es, su incondicional. Ennis recuerda su olor, su sabor y no puede contenerse más. Le atrapa el rostro y lo besa, rudo, brutal. Con su boca cubre la del otro y de forma torpe, sin ternura, lo invade. Lo besa porque lo necesita, porque si no lo hace se muere. Su carne endurece, su cuerpo arde y se siente más vivo que nunca.

   Se aplasta contra él, y Jack gimotea, mirándolo de forma suplicante, agradecido, porque recobra la luz que aleja las sombras de su soledad, un sonido amado que llena una casa vacía. Retoma su lugar en el mundo bajo el sol. Estaba viviendo otra vez. Y tiene que besarlo a su vez. Se besan y esa caricia parece durar eternamente. Ennis quiere que dure toda la vida, no separarse más, pero el temor al que dirán, al que pensarán, a que los vean, se abre camino en su mente. Estaban en la calle, y Alma, su mujer, estaba arriba (si supiera). Y sus bocas se separan. Pero Jack lucha y aún lo retiene, manteniendo su frente unida a la del otro, y ese contacto, ese calor que lo derrite, detiene al tosco hombre. Quiere separarse, eran imprudentes, debían calmarse. Pero Jack no lo deja. Sigue unido a él, tocándole el rostro, frotando quedamente su frente de la suya. Y Ennis no tiene fuerzas para separarse de una vez. Ni sabe si quiere. O si puede.

   Y Nico tiene los ojos empañados de lágrimas que no corren, no las deja. Su corazón está embargado con la fuerza del momento, con toda la pasión contenida que transmiten esos dos hombres que gritan con gestos, con silencios y miradas que se aman de manera intensa y desesperada, y que sólo ahora, juntos, pueden sentirse dichosos. Y Nico desea que eso dure y dure, que toda la película se vaya en eso, en ese reencuentro, en esa necesidad de uno por probar nuevamente la boca del otro. O en la montaña, cuando Ennis va por Jack a la tienda de campaña, pidiéndole perdón y buscándolo otra vez. No quiere que Aguirre aparezca y los descubra, acelerando el final de la estación. No desea que Alma se asome a esa ventana. Quiere que Ennis le cante eternamente su canción de cuna a Jack, abrazándolo por detrás, acunándolo con amor, y que Jack se quede allí, joven y hermoso, enamorado, viéndolo partir a caballo a cuidar las ovejas, sabiendo que en la tarde regresaría a su lado, a él, que tanto lo adoraba; y no años más tarde, atractivo con su bigote y panza, con mirada de pérdida cuando Ennis se marcha en el último encuentro. Nico quiere que la felicidad, la belleza y el amor duren, pero Aguirre sube, Alma se asoma y Ennis, más viejo, se aleja. Siempre pasaba, no importaba cuantas veces el muchacho viera la película, esperando que ocurriera algo totalmente distinto, que ese día sí cambiara todo y la historia fuera otra. ¡No era justo!

   ¡Tiene que hablar con Jack!, se dice Ennis, nervioso, mientras sube a la vivienda, seguido de un reacio Jack. Entra a la casa, necesita su chaqueta y su cartera, de pasada le dice a Alma que ese es Jack, un amigo. Y Jack la mira, todo cortado. Y Ennis no parece reparar en la palidez mortal de Alma, en su mirada de angustia, de sorpresa, de desesperación. A la mujer le quemaba lo que había visto por esa ventana, la forma en que Ennis abrazaba y besaba al tal Jack, de una forma urgida, demandante y enamorada como nunca antes había notado en él, o al menos para con ella. ¡Jack, Jack!, era un nombre que odiaba y temía ya. Pero Ennis no puede reparar en nada de eso, ¡ahí estaba Jack! Casi al salir, de prisa, le dice que va a tomar algo con su amigo, que llegará tarde, y no repara en el dolor de la mujer. No puede, porque no tiene ojos ni atención para nada más como no sea para Jack.

   Ahora Nico tiene que llenar los huecos, porque lo necesita, para ser un poquito más feliz ante la escena de la cama. Jack, sonriendo levemente sorprendido y excitado cae de espaldas, sin camisa sobre la cama del motel, mientras Ennis, igual, y sin reparos, cae sobre él, fundiéndose en su calor, besándolo una y otra vez en la boca, saboreándolo, exigente. Necesitaba llenar cuatro años de besos, de mordidas, de saliva, de jugar con su lengua. Son cuatro años perdidos de tomar su aliento, de oír sus gruñidos y gemidos. Ennis lo besa, queriendo aplastarlo y atravesarlo sobre ese colchón, hasta llegarle al alma. Lo besa y lo mira sintiéndose completo, vivo, al verse reflejado en las azules pupilas del otro. Lo mira y se mira en él y tiene que besarlo otra vez, sintiéndose dolorosamente caliente y duro contra las ganas de Jack, porque tiene deseos de más.

   No hablan, sólo hay miradas, sólo hay jadeos y hambre de caricias. Y mientras Jack eleva el rostro y olisquea en su hombro, Ennis recorre con su mejilla y labios el cuello y hombro de Jack. Y ese olor, ese sabor, ese calor es como lo recordaba. Era real, no había sido un sueño. No lo había imaginado. Esa piel cálida, palpita. No puede contenerse y lo besa mordelonamente en la barbilla, sintiéndola rasposa por esa eterna sombra de barba. Lo besa y repara en la sonrisa traviesa, de niño pícaro, de niño feliz que brilla en esos momentos en los ojos de Jack. Y eso le encanta, verlo así, contento. Y sus cuerpos cabalgan uno contra el otro. Y Jack cierra los ojos mientras es alzado hacia el cielo, y Ennis tiene que morderlo en la nuca para no gritar cosas que no sabe qué serán. Los brazos de Ennis rodean y aprisionan la cintura de Jack, mientras este desfallece contra su pecho, recostado de él. Y las ganas no terminan, el ardor no cede. Ennis lo desea demasiado. Y Jack sonríe con los ojos cerrados, pensando que es feliz, que no falta nada, o tal vez que Ennis dijera…

   Yacen sobre la cama y la vida se ha detenido, por un instante hay paz. Jack está sobre las almohadas. Ennis está recostado de él. Fuman y miran a la nada. Por ahora no hay preocupaciones, ni problemas. No hay penas. No hubo alejamiento. No hay culpas. No hay desengaños ni amarguras de una vida dura donde no se tiene lo que un día se soñó, cuando se era muchacho y el mundo parecía más simple. Ennis se ve lejano, cerrado, pero en paz. Jack goza de su calor, de su peso contra su pecho. Es feliz, pero también está inquieto.

   -¿Qué haremos ahora, Ennis? No puedo simplemente alejarme otra vez.

   -¿Qué otra cosa podemos hacer, Jack? –suena monótono, opaco.

   ¡Amarnos, Ennis. Podríamos amarnos!, imagina Nico que piensa Jack en esos momentos. El joven está seguro de que Jack Twist espera que el otro diga que deben continuar juntos, porque sólo así están bien. Que deben seguir amándose.

   -No podemos hacer nada más. –reafirma Ennis, medio volviéndose y mirándolo.

   ¡No, no, no!, le gritaba desde su butaca, Nico, angustiado, sintiendo otra vez un nudo en la garganta. ¿No has aprendido nada, grandísimo idiota?, siente ganas de gritarle. El joven puede recordar muy bien a Ennis todo cortado, apesadumbrado durante la despedida de Jack al bajar de la montaña, para luego sentirse morir, de impotencia y arrepentimiento en esa calleja al ver desaparecer la vieja camioneta que se llevaba a Jack de su vida. Y Nico quiere olvidar al otro Ennis, viejo y solo en su trailer, porque eso era terriblemente doloroso. Por un momento quiere soñar que esta vez será diferente, que después de ese beso de reencuentro todo será distinto. Le pasa cada vez, cada vez que Ennis bajas las escaleras y abraza a Jack para entender cuánto lo extrañó y terminar besándolo, rindiéndose a lo que siente. Nico siempre llora un poco también. Llora porque le parece maravilloso, hermoso. Pero también llora porque sabe que de ahí para abajo, todo es tormento.

   -¿No deseas que vuelva? ¿No quieres volver a verme? –pregunta Jack, con voz pastosa.

   Ennis mira a Jack y por un momento, Nico lo perdona. Porque en los gestos de Ennis, cerrado como es, entiende que el hombre parece suplicarle a Jack que no lo mire así, que deje de mirarlo con tanta tristeza, con tanto abandono, con tanto pesar. “No me mires así Jack, que me lastimas. Me duele y no quiero sentirme así. Sabes que no podemos hacer nada más; no habrán fiestas ni paseos para nosotros, no puedo abrazarte en un baile y besarte; no saldremos al cine ni a pasear tomados de la mano, aunque me muera de ganas por llevarte así por la vida. No podemos ir a un juego de béisbol, porque la gente notaría tu mirada de entrega, de amor, y yo no sé si soportaría estar mucho tiempo a tu lado sin tocarte, sin saciar mis ganas de acariciarte. ¿Imaginas lo que reirían o lo que intentarían hacernos los demás, todo el mundo en Wyoming o Texas? No puedo llevarte una serenata, Jack. No puedo ofrecerte rosas, ni siquiera podría tomarte las manos y consolarte con cariño si algo malo te pasara y lloraras en una calle. No puedo ir hacia ti y abrazarte y besarte, ni decirle a mis hermanos o a mis hijas, él es Jack Twist, mi vida toda, la única persona que me ha hecho feliz. Para nosotros no hay risas, Jack, no hay música, no hay poesías sobre amores posibles, tal vez sólo versos tristes; sólo angustia y miedo, a la burla, a la agresión, miedo a ver el asco en vecinos, amigos, conocidos y familiares. Es la vida, Jack. No es mi culpa. ¡Basta, por favor! No me mires así, no dejes que vea tu dolor, no me castigues más. Tu tristeza, tu carita de dolor me destroza, me hace pensar en y sí yo… Pero no puedo. Te juro que no puedo, mi dulce Jack…”

   “Tiene razón, Jack”, se dice Nico. “No lo mires así. No mires con esa profundidad, con esa tristeza tan grande. Cuando lloras, cuando bañas todo el camino a la frontera con tus lágrimas de pena, me haces llorar a mí también. Me duele verte sufrir, porque no puedo ir junto a ti y decirte que ya habrá alguien más, alguien que sepa apreciar tu amor, tal vez yo mismo. No dejes que tu mirada se cuaje de lágrimas porque entonces siento que mis penas, que mis angustias son más grande. No te entregues así, tienes que protegerte. No entregues tu corazón, Jack, porque vas a sufrir”. Pero sabía que era una batalla perdida, Jack era eso, el que se entregaba.

   -Quiero que vuelvas. Sabes que lo quiero. –dice al fin, Ennis, con voz ronca.

   Y no dice más, aunque Nico cree entender lo que piensa: “Claro que deseo que vuelvas porque no sé si soportaría volver a perderte. Porque me asusta la vida sin ti, dejar de verte y sentirte a mi lado. Cuatro años más sin ti no es posible, puto Jack. Sólo ahora, en estos instantes, me he sentido vivo en todo este tiempo”. Pero nada dice. Sólo fuma. Pero Nico imagina que en esa escena aún hubo tiempo para que Ennis se volviera hacia Jack, notando su alegría triste, su tristeza enamorada, e impulsado por la necesidad de él, de su boca, pero también de confortarlo, lo besa. Y se besan, olvidando todo, dejando de pensar, de temer. Imagina que Ennis se estremecería nuevamente de miedo y maravilla al contactar que no había lujuria ahora, sino una dulce sensación que explicaba todo aquello que no podía decir con palabras. Los dos lo entienden, y para Ennis era terrible, aunque el frío en su corazón ya hacía rato que se había derretido.

   En las penumbras del cine, donde ahora reina un silencio más respetuoso que hasta hace veinte minutos cuando todavía algunos reían con cierta burla nerviosa, Doménico se deja caer recostado, sin fuerzas, en su butaca, padeciendo algo que siempre lo aquejaba más o menos a esas altura de la cinta: empatía por Ennis del Mar, aunque sabía que no duraría hasta el final (aunque sintiera mucha pena por él). “Lo amas, Jack, y por eso sufres, porque lo extrañas, porque contemplas toda tu vida despertando sin él a tu lado, sin poder decirle que lo amas, sin tocarlo. Y duermes sin él, y a pesar de estar con tu mujer, sufres de soledad. Pero él también sufre, Jack. Para él tú eres la vida, eres lo único que alguna vez ha tenido en una existencia gris, de carencias y sin afectos. Sin familia, sin amigos, sin amores a quienes confiarse y decirles quién es, lo que siente y lo que desea en verdad, tú eras lo único que le quedaba, el que lo hacía reír, hablar y derramar unas cuantas gotas de ternura. Su vida era una prisión donde había sido recluido desde muchacho, luego una a la que se aferraba para no enfrentar el mundo, pero tú lo obligabas a salir por ratos, por eso se maravillaba con la belleza del cielo, con el calor del sol, con la caricia del viento; porque todo era nuevo para é, la vida, la belleza, la esperanza. Tú eres eso, Jack, y cuando te vayas, no le quedará nada, sólo una horrible sensación de perdida que ya jamás sería llenada, sólo tal vez por tu fantasma, cuando te invoque para sentirse todavía vivo y soportar otro día en su vida”. Sí, por un rato, hasta la despedida final, Nico puede permitirse sentir cariño por Ennis, tal vez porque Jack lo había amado con todo su ser, por lo tanto, algún mérito debía tener.

Julio César.

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