SOL…

   El calor está llegando a niveles realmente preocupantes, más en un país como Venezuela donde se sostiene que el setenta por ciento de la población adulta sufre de la llamada tensión alta, incluido este servidor; por no hablar de los problemas reales que esto conlleva bajo el renglón “calentamiento global”, cosa que influye en sequías, mareas, tornados y ciclones, y derretimiento de casquetes polares. Nuestro Pico Bolívar corre el riesgo de perder sus nieves eternas. Salir a la calle es someterse a una tortura, personalmente sudo como vela barata que está derritiéndose. No sé si serán ideas mías, pero las mujeres como que no sudan, más allá de una leve capa de transpiración que las cubre en ciertos momentos. El sol, como bola de fuego en los cielos, casi parece distorsionar la visión sobre Caracas.

   Y sin embargo, me encanta. Hace una semana bajé con unos amigos hasta Tacarigua de la Laguna, a Los Canales. Me gusta ese lugar. En la zona de Higuerote hay demasiadas construcciones, en La Guaira mucha gente. No estaba yo muy convencido del viaje porque el calor era asfixiante, la mar estaba revuelta (todos hablan de coletazos de tormentas), y dos de mis amigos andaban medio peleados entre ellos. El sol, como era de esperar, estaba implacable, mirar a lo largo de la playa costaba. La arena quemaba, había que usar cholas o chancletas de goma para caminar sobre ella. Pero la mar estaba bien, ni fría ni caliente, y sí, estaba algo picada. En cuanto me senté en la arena, tomando mis dos primeras cervezas, la primera ni la saboree dado el calor y la sed, la segunda fue mejor, mi ánimo mejoró.

   Quitarme la camisa y sentir el sol sobre mi piel, fue duro al principio (jamás pienso en melanomas ni nada de eso), pero a medida que calentaba me sentía bien. Vivo en traje y corbata, metido en una oficina sin ventanas, con aire acondicionado, con una lámpara encendida todo el día, y sentir esa brisa seca y salina, ese sol calentándome, se sintió bien. Provocaba como tenderse, quedarse quieto y sentirlo, quemando, confortando. Entrar al agua, caliente como estaba mi piel, fue muy agradable. Flotar, dejarse llevar, sumergirse y emerger chorreando agua, era grato. Y cerrar los ojos, sintiéndose bailoteado por el agua, con esta hasta el cuello, era maravilloso. Había olvidado el calor, la incomodidad, las arrecheras cotidianas. Había algo más que tranquilidad, me sentía totalmente confortado. La naturaleza, en verdad, nos brinda siempre esos momentos de relax, de escape, de paz. Diría que de dicha; en esos momentos me sentía en equilibrio con el mundo, feliz.

   Dos horas más tarde bebíamos animadamente, hablando mil tonterías, olvidado todo resquemor inicial. Me sentí bien, allí estábamos, ninguno de nosotros era un muchacho, todos por encima de treinta y cinco, hablando, riendo, criticando a la Vinotinto, que, ironías de la vida, siendo un equipo de fútbol, no daba pie con bola; maravillados ante el Kid Rodríguez y el Toro Sambrano, nuestros muchachotes que brillaban en las grandes ligas para admiración del mundo; hablamos de la pava macha de Johán Santana desde que se retrató con Chávez (y alguien recordó que este también empavó al Sammy Sosa, cuando le manoseó el bate), y, claro, hablamos mal del Gobierno; pero todo amenizado con risas, chistes, empujones, los infaltables agarrones. Sentadote sobre la arena, sintiéndola caliente bajo mí, con las piernas extendidas, los brazos igual, apoyados hacia atrás, aún podía sentir la intensidad de esos rayos de ese sol que descendía y parecía curar todo pesar. Sí, fue muy grato.

Julio César.

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