DOS AHORA, DOS REALIDADES

   Qué saladas son las lágrimas de la soledad…

   Tal vez se llamaba Anita, Teresa, Víctor o Larry, despreocupado al no pisar aún los veinte, con su morral al hombro, caído en el último asiento del autobús que debe llevarlo a la universidad, o al liceo, o a la tienda donde hace un medio trabajo, o al cyber donde pasará la tarde; sonríe sacando su celular, enviando mil mensajitos a mil amistades, chicos y chicas, contento de ese contacto, sonriente de felicidad ante cada respuesta. Víctor, o tal vez Larry, marca un número y lanza gritos de ¿‘marico’ vas para tal sitio? Nos encontramos allá, ¿viste a fulana o mengana? Y divaga en largas conversaciones sobre nada, pero que lo dejan contento y lleno por dentro.

   Lucía, tal vez Maira, o Renato o quizás sea Joaquín, sintiéndose ahogado, sin tiempo para nada ahora que frisaba los cuarenta, llama por teléfono para demandar, ¿dónde está el dinero?, el envío no salió, el cheque no tenía fondos. Sobre el escritorio de la oficina, o del salón donde imparte clases, o la mesita junto a la puerta de salida, oye repicar el teléfono, y con cuidado, como temiendo descubrirse antes de hora, mira el identificador. Es un amigo, o la mejor amiga, pero Lucía, o tal vez Joaquín, siente que no tiene nada que decirle, que no puede hablar con ella o con él, que no puede ofrecer nada en ese momento.

   Víctor coquetea con una y con otra, a su mejor amigo le dice que lo hizo con esta y aquella, mientras chocan sus muslos sin miedos, sin temores, tal vez velándole la novia al pana. Teresa termina, con llantos de niña que cree que el mundo se acaba, con su noviecito, en seguida otro cae cerca, bravucón, atacón, y ella sonríe en medio de sus tristezas, diciéndose que tal vez el mundo, como dice su mamá, no se termina todavía.

    Maira no puede dejar de notar que ese tipo que le gusta, porque no es tan basura como otros, es medio narcisista, y eso le desagrada; como le desagradaba el anterior porque intentaba parecer un muchacho que iba aún de fiesta en fiesta; o el anterior a ese porque se creía que podía controlar su vida. Renato ya no llama a la que fungía como su novia, porque él únicamente quería divertirse, pasarla bien, pero ella se hacía otras ilusiones, y tenía dos niños, y eso era una carga, y él no la quiere; y ahora ella se lo hace difícil, lo llama, quiere saber qué pasa, le exige explicaciones.

   En sus camas, generalmente solos porque cuando están con alguien más casi nunca es bajo el techo de sus padres, Larry, Víctor, Anita o Teresa sueñan con viajes, con cosas, con otra vida. Sus mentes no están llenas de sombras, de dudas, no se detienen a considerar que no podrán, que fracasarán. El miedo no los ata todavía. Sonriendo, diciéndose al filo del sueño: “ah, cuando tenga mi trabajo y gane un buen dinero, talvez en dólares, haré esto y aquello, tendré esto y lo otro… y seré muy feliz”. Y sueñan con metas, con logros, con éxitos.

   Maira, Joaquín, Renato o Lucía, tal vez vayan solos esa noche a sus camas. Encerrados en sus casas cómodas, en sus vidas hechas. Y Maira no querrá dejar colar el pensamiento de que jamás encontrará a alguien, alguien que la quiera y esté a su lado, a la altura de los muros que ella misma alza alrededor de su vida. Y le asusta, no quiere eso. Quiere… a alguien, tal simple como eso. Y tan complicado. Joaquín se revuelve en su cama, recuerda otra época, otra vida, cuando tomaba caña barata con amigos a quines quería a su lado, gente con la que caía inconsciente, vomitándose encima; evoca, con esfuerzo, los dulces rostros de las jóvenes que pasaron por su vida, aquellas a quienes acunó en sus brazos y se dijo que amaba a cada una con todo su corazón; recuerda a las mujeres que compartieron su cama, no esta ahora más grande, más cómoda. Más vacía. Y el dolor que siente le asusta, porque es de un temor que no sabe acallar o remediar. Es una carencia, una falta. Y ni por un segundo la idea de que el dinero pueda resolverlo, o medio paliarlo, cruza por su mente. Porque ya no es un niño, ya no puede engañarse con los espejismos del camino, siempre asechando más adelante.

   Los jóvenes tienen sueños de lo que será, los adultos visiones de lo que fue, lo que pudo y puede ser. El mundo es así; solos nacemos, solos moriremos, pero ¿y en el transito? ¿Es necesario vivir sintiendo que no estamos completos, de que algo falta, de que no estamos bien?

Julio César.

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