SOLO COMO AMIGOS

   Última vez que salgo con ella… y que la ve alguien…

   -No, Freddy, yo te quiero, pero no así, te quiero como amigo.

   ¿No odias cuándo te salen con esto al final de la velada que no sabías si era mala o buena? La llevaste al cine, la paseaste, alimentaste, bailaste, le reíste los cuentos, interminables y tontos, y ella pareció creer que lo hacías porque eres chévere y ella más chévere todavía. ¿Realmente creyó que buscaba su amistad, tal vez por que la encuentro inteligente o graciosa? ¿En qué pensaba? Con rabia ácida te dices para tus adentros: “no, sé que no piensa, eso era lo que me gustaba de ella”. La banalizas, la rebajas, curiosamente así te sientes mejor. Botando aire pero con cuidado de no parecer un búfalo resollando, intentando no amarrar la cara en demasía (después de soltarte la frasecita te mira, tal vez buscando absolución, o comprensión, como si te importara un carajo ahora sus sentimientos), para que no te haga una escena. Lo único que te falta para coronar la noche.

   -¿Amigos…? Entiendo… -masticas las palabras y las dejas escapar con una bocanada de rabia contenida.

   -No estás molesto, ¿verdad? -se le oye algo preocupada.

   Puede ser porque teme herirte, o porque fuiste tú quien la llevó y ahora le asusta que la dejes botada en una esquina de Caracas a las doce de la noche (“en su esquina de siempre”, te dices con veneno). Y después de todo, ¿por qué ibas a molestarte? Sí, gastaste tiempo, esfuerzo y dinero (y la acidez sube hasta tu garganta) y ahora te salía con eso, cuando pudiste haber invitado a la prima, que aunque no tan bonita, en cuanto se rasca pierde la conciencia de lo que hace. Y sí (buen Dios), la cena fue carísima, la muy… majadera comió como desesperada, como una perdida a la que encuentran, más que una lima nueva. Seguro debían dolerle las mandíbulas. Y ahora reparas en que parece tener demasiados dientes.

   -No, no estoy molesto…

   -¿Seguro? Porque tienes una cara… -e intenta sonreír.- Sabes que me interesa mucho tu amistad. Para mí es importante. -se esfuerza en hacerte sentir mejor.

   Sí, ahora intenta remendar el capote sabiendo que la jodió. ¡Qué boba!, ¿acaso no entiendes que si a la silla se le rompe una pata y caes de culo entonces si me sentiré un poquito mejor? Imaginar la escena me llena de adrenalina, pero también me da cierto consuelo.

   -Vámonos, que mañana madrugo. –la cortas, pero cuidando de no volcar la silla mientras te pones de pie. Es cuando te mira falsamente inocente.

   -Me agradó salir contigo, deberíamos repetirlo. –y es justo en ese momento, cuando abres la boca para decirle lo que realmente piensas de ella y de su madre, que comprendes  que ella se lo estaba buscando; sí, señor juez, ella se lo buscaba.

Julio César.

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