CENIZAS AL VIENTO

   Ya no habrá dolor ni penas, y el llanto no será más.

   Qué pocas cosas poseía, se dice Alma mientras recoge con todo el pesar del mundo las escasas pertenencias de su padre. Ennis del Mar había muerto hace dos meses, pero era hasta ahora que reunía el valor para tomar sus cosas y meterlas en cajas, sepultándolo al fin. A la mujer no le sorprendió la magnitud del dolor ante su pérdida, nadie entendía qué tanto lo había amado. Todos decían que el hombre había sido demasiado seco, cerrado, incluso alegaban que nunca quiso a nadie. Pero ahora, sonriendo levemente al meter viejos posillos de peltre en una bolsa y mirando por la ventana, reconoce que nadie lo conoció a fondo, ni siquiera ella, aunque lo había querido tanto. Tampoco ella supo medir en su momento la intensidad de aquel hombre que fue su padre. Todos estaban equivocados, Ennis del Mar había amado, mucho, demasiado, ese había sido su error, su castigo. Que amó con todas sus fuerzas, totalmente entregado a esa difícil pasión que era todo en su vida y ya no supo cómo continuar viviendo cuando todo terminó trágicamente. Ella lo supo, casi desde niña, pero jamás lo hablaron, y ahora, como suele ocurrir ante la leche derramada, lo lamentaba. Sin embargo él supo que ella sabía… reconoce sonriendo, llena de afecto hacia ese viejo de cara amarrada, mientras mira a su hija, la nieta a la que Ennis tanto amó. Así, con ella, con su propia hija, se lo hizo saber.

   Con ella había ido a la funeraria, impávida, a atender personalmente al hombre. Quiso que se viera bien, y no pudo evitar ese último beso en su fría frente. Juntas lo vieron ser reducido a cenizas. Tampoco pudo evitar el dolor, ni las silente lágrimas; ojalá Francine hubiera estado allí, pero siempre era así con ellas, no  supo ubicarla. Junto a su hija hizo el largo e incómodo viaje, juntas subieron a ese extraño, alejado y frío paraje, un hermoso lugar, la montaña Brokeback. Y esparcieron las cenizas, y rió y lloró mientras lo hacía, de alguna manera sabía que estaba haciendo infinitamente feliz a Ennis del Mar, feliz como hacía mucho tiempo que no lo era. Rió y lloró hasta que la última motita fue alejándose como una tenue neblina; la brisa que se levantó pareció llevarlas a alturas cada vez mayores. “Tal vez al Cielo”, no pudo evitar pensar. Habían cumplido con eso, recoger sus cosas era lo siguiente, y allí estaban.

   Abrió el armario y encontró una vieja postal de Brokeback Mountain y las dos camisas cuidadosamente acomodadas en su gancho, y sobresaliendo del bolsillo de una, un sobre en el que no había reparado hasta entonces. Enarcando las cejas, lo tomó. Era una carta, sin dirección en el sobre, pero al comenzar a leerla descubrió que sí tenía destinatario. Sonrió quedamente, casi adivinándolo antes de comprobarlo:

   “Jack, hoy hace veinte años que deseé tener veinte años menos y estar en Brokeback como la primera vez. Como regalo, un regalo para mí, el viejo Ennis, he vuelto allí, a la querida montaña donde todo comenzó. No es tan fácil, créeme, cuando te duelen los huesos. Levanté la tienda, tú nunca supiste montarla bien, aunque te molestabas si te lo decía, por eso te dejaba. Además, me gustaba verte pelear con ella. Esa primera noche allí fue dura, no por dormir en el suelo, que también lo fue, sino porque al estar sentado en medio de la noche, frente a la hoguera, mirando las volutas de humo subir y desaparecer hacia un cielo lejano y estrellado, me pareció sentir tu aliento en mi nuca, como una suave, dulce y sutil caricia, como diciéndome aquí estoy, peón de hacienda, no estás solo. Y me derrumbé, pensé: ojalá pudieras estar aquí, ojalá pudiera tenerte un poquito, tan sólo un rato junto a mí.

   “Hay que ver Jack, cómo pesa la soledad, cuánto dura la noche cuando no hay nadie a tu lado, ni en tu vida. Desde que te fuiste se me olvidó como reír, como sentirme bien entre otros. Desde que me dejaste, mi amigo, ya no hay agostos ni noviembres en mi vida, ya no quedan hojas en mi calendario. No imaginas cuántas veces me he preguntado por qué he vivido tanto. Allí, alrededor del fuego, te recordé y te extrañé como la primera vez. Pensé que… si se levantara una brisa, el viento podría traerme tu olor, y yo intentaría atraparlo con mis manos para retener ese soplo de alegría, y lo guardaría para tenerlo siempre junto a mí, y poder llenarme de amor cada vez que te necesitara o lo quisiera.

   “Ojalá pudiera decírtelo a la cara, Jack, no te imaginas cómo han amargado mi existencia todos esos besos que no te di al tenerte a mi lado, todos los que me perdí porque no me quedé un rato más junto a ti, porque debía ir a trabajar, a ganarme un dólar. Ahora todo parece tan tonto, tan fútil. Las noches en mi cama han sido eternas, he tenido que beber, y beber mucho, para encontrar alivio a tanto dolor, ese sabor horrible a muerte que dejó tu partida, ese dolor que peno cada vez que lo recuerdo. Sin ti no puedo mirar las estrellas, y eso que antes me gustaban, ¿lo recuerdas? El frío y el calor me atormentan, la luna me quema si no estás ahí. Pero lo peor, y lo mejor, es vivir recordando, ese es mi castigo, Jack, sufrir, llorar y reír, todo a un tiempo, cuando me acuerdo de ti, de tus sonrisas, de tus risas, de tu mirada, de tu amor por mí. No puedo evocar tu cara sin recordar eso, tus miradas de amor, cuando me decías sin palabras que yo lo era todo para ti. Te recuerdo y soy libre, me siento feliz, y lloro de pesar.

   “No te rías del viejo imbécil, pero me he hecho amigo de la luna para contarle nuestro secreto de amor, para que se escuche en la noche, en voz alta, para oírme, para que me escuche cuando confieso mi locura, cuando levanto la mirada y grito “te quiero, te quiero tanto”. ¿Te quiero, Jack? ¿Te quise? Nunca nos dijimos “te quiero”, pero bien lo sabe Dios, bien sabe la magnitud de esto que he guardado durante tantos años dentro de mí por ti. No he dejado de amarte ni un sólo día de mi vida, no hay mañana que no haya despertado recordando cuánto te amo, no hay noche en la que vaya a dormir cuando no sonría pensando en algo que dijiste o hiciste alguna vez. Señor, cómo me gustaría que estuvieras aquí, en esta montaña otra vez, conmigo. Como quisiera que el tiempo regresara, para golpearte como esa mañana cuando bajábamos, pero para atarte y retenerte aquí para siempre. Para que nunca abandonáramos el  Paraíso.

   “Tu recuerdo me ha llevado a vivir en esta cárcel de amor en la que vivo encerrado, pero lo hago a conciencia, entendiéndolo, razonándolo, por voluntad. Preso de amor espero por el día de la liberación, y sé que al salir te encontraré esperándome, con tu sombrero calado, tu cigarrillo en los labios, y esa sonrisa en tus ojos pícaros. Si, pienso en eso, con los años lo he pensado mucho, Jack. Mi cabeza lo dice, que debería morir, que mejor sería estar dichosamente muerto que en esta desesperante vida. La luna asciende en toda su gloria en este momento, puedo pasear mi cansada mirada por todo el aprisco y los valles, y me parece verte, oscura silueta sobre tu montura, acercándote lentamente al campamento. Te juro que te veo. Se me empaña la mirada, pero sé que eres tú, aunque ahora pareces alejarte. La noche está fría, las estrellas brillan lejanas pero hermosas, como brillaban en tus pupilas. Llega la hora de despedirme de ti; qué amargas son las despedidas, Jack. Dios mío, ojalá pudiera volver oír tu armónica rompiendo la paz de la noche por un segundo, tan sólo por un segundo; cómo quisiera tener la oportunidad de gritarte todo lo que el silencioso dijo; repetirte una y otra vez que jamás tuve un sólo motivo para intentar olvidarte.

   “Ahora puedo confesártelo, Jack, y me pesa sea tarde, pero me provoca alegría también: todo lo que sentí por ti, sigue intacto. Hubo un tiempo en que pensé que hubiera sido mejor no conocerte, no haber sabido nada de ti, pero ahora entiendo que los únicos años de mi existencia cuando realmente estuve vivo, fueron aquellos en los que estuve por instantes a tu lado, cuando sufrí la magia de tu amor. Lo que sentí junto a ti permanecerá para siempre en mi memoria y mi corazón hasta el último segundo de mi vida. Cuado llegue mi hora, Jack, mi último suspiro será por ti. Estoy cansado, muy cansado. Pero también lleno de expectativas. No sé qué vendrá después, sólo puedo tener una esperanza, cuando el transito comience intentaré no temer, me aferraré a tu recuerdo, gritaré tu nombre, y algo me dice que hora sí nos encontraremos este noviembre. Espérame donde siempre”.

   A Alma le costó leer las últimas frases con sus desenfocados ojos. La dobló cuidadosamente, quedándose quita, sentada, cerrando los ojos contemplativa. Una sonrisa triste y hermosa cubrió su rostro. Había que cumplir con el corazón. Resuelta se pone de pie y tendiendo las manos toma esas camisas, sacándolas del gancho donde han permanecido enlazadas por tanto tiempo. Con movimientos aletargados las dobla y sale de la rústica vivienda. Su hija, que lleva rato mirándola intrigada, sale tras ella. La mujer deja caer las prendas, inclinándose.

   -¡Mamá, ¿qué haces?! ¿Por qué quemas las camisas del abuelo? Él las amaba. –se alarma la jovencita.

   -Lo sé, Jacky. Pero es necesario. Estoy ayudando a tu abuelo a volar donde quiere. Lo estoy regresando a lo que fue su vida. –responde, con una risa dolida, feliz, de amor, con sus ojos bañados en lágrimas.

   No dijeron nada más mientras se consumían. Eran demasiados recuerdos para ella, unos gratos, otros dolorosos, pero ahora entendía la profundidad del amor de su padre. Y de su soledad. Con cuidado recogió esas cenizas, y juntas emprendieron nuevamente el viaje rumbo a la montaña Brokeback. Allí las esparcieron. Botando aire, como quien se despide, aún más dolorosamente que antes, de su padre, pero feliz por él, Alma miró a su hija.

   -Está hecho. Ahora tu abuelo es libre y volará a donde siempre quiso estar.

   El último día de julio fue dando paso a agosto, con sus explosiones de vida en y para la juventud, con miradas contemplativas para los algo mayores. La vida fluía sin cesar, y una mujer de rostro sereno, de pie en una cocina, sirviendo dos tazas de café, con su hermana sentada esperándola, lo imagina: un Ennis del Mar joven, fuerte y gallardo que corre y se sumerge, riendo como un niño, en los cálidos mares de Jack Twist, donde quedará cubierto y cobijado, a salvo para siempre, sin sentir frío nunca más, ni en su cuerpo ni su corazón. Sí, allí estaría bien.

   -Vaquero, nunca te pedí que me jurases nada, pero me alegra que esta vez te hayas adelantando a la promesa. Siempre he estado contigo, mi amigo, y por fin va a ser así, juntos para siempre… -susurró Jack, como un cálido y mágico viento en la distancia, uno que muchos corazones sintieron, deteniéndose por un segundo, reparando en las hojas cayendo de los árboles, en el cambio de color del cielo, cuando el otoño parece llegar de improviso.

Julio César.

……

   Esta versión que presento a continuación, es de un bonito relato no tan largo encontrado en el blog del putojacktwist, sobre uno de los que opinaba en él, que respondía al nombre de: enero20. Ahí todos lo hacían maravillosamente bien, espero, en verdad, que ya le hallan echado un vistazo. Que nadie se moleste, como siempre digo, me gustan los cuentos sobre estos dos sujetos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: