PON, PONTE EL SOMBRERO…

   -Ay no, ahí está y no cargo ni uno…

   Hasta este momento he sido un tanto irresponsable en mi manera de presentar las historias que relato en mi otro blog. Me refiero a los cuentos subidos de tono. Expongo situaciones con ligereza y despreocupación, tal vez no sean muy buenas, pero eso no le resta seriedad al asunto: prácticamente doy una cantata al sexo inseguro. Obviamente todo esto no se trata más que de cuentos tontos, es lógico diferenciar que la gente real, de carne y hueso, no puede, ni debe, actuar así. No me refiero a tener todo el sexo que les de la gana, siempre y cuando lo consiga, sino a ir teniendo relaciones por ahí sin tomar medidas básicas de protección. El SIDA, sí da.

   Hay imágenes, visuales o mentales, que son igualmente poderosas a todos los hombres, de la condición sexual que sean, una de ellas es imaginarse muchas aventuras sensuales salvajes y excitantes (y las mujeres como que creen que eso se nos da facilito); lo segundo es la forma de actuar: dos imágenes que excitan increíblemente en literatura o video tienen que ver con la eyaculación directa, sin tapujos, sin barreras, lanzada libremente en… cualquier orificio. Hacerlo sin condón, o que este sea tomado, logra que cualquiera enloquezca. Es un hecho, de allí que la industria de la pornografía entrara en crisis cuando se exigió a sus actores (¡actores!, por Dios) usar protección. Eso quitaba ese ‘encanto’ que tanto fascinaba.

   Tales escenas son una idea obsesiva, una fijación, un deseo poderoso en la mente masculina. Pero en este mundo traidor donde caras vemos, corazones no sabemos, no podemos corre riesgos. No en el mundo real. Un rostro puede ser hermoso, pero el interior puede estar cochambroso. Es por eso que todo hombre, soltero o comprometido, debe actuar con madurez e inteligencia independientemente de su edad, envolviéndose en plástico antes de meterse en lugares desconocidos y pantanosos. Un chico de quince puede preñar a una chamita de trece, y hasta ahí llegó, se jodió teniendo que atender a su muchacho (y a esa edad, la suerte está de espaldas, salen preñadas con el primer beso), o abandona a la joven con el chamito, o deben recurrir a los abortos que siempre entrañan cierto riesgo, fuera de la forma en que afecta a muchas mujeres (realmente consideran que asesinan a un angelito, pero ¿cómo se hace? Así hemos sido criados).

   Y las enfermedades venéreas pueden llegar independientemente de la edad también, con sus llagas y padecimientos. ¿Imaginan lo horrible que debe ser comenzar a perder peso, mirar manchas apareciendo en tu cuerpo, sentir fiebres, padecer vómitos, notar el recelo y desconfianza en los ojos de quienes te rodean y descubrir finalmente que eres portador? Que sucediera hace veinte años, cuando a mediados de los ochenta esa plaga vino a arruinarnos los buenos años de sexo irresponsable, promiscuo y rico en el liceo, no  justifica que ocurra ahora (un día relataré algunas de las cosas que pasaron en esos años, creo que muchas son ilegales actualmente). Todo el mundo sabe que ese mal existe,  el Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirido, ¿entonces? Algo de seriedad, señores.

   Por mí mismo entiendo esas ganas de salir y conocer gente, de hablar, de reír, de percibir un olorcito corporal rico, que estimula, que hace estallar las hormonas, que te hace imaginar “y si pongo mi mano en su muslo como al descuido y…”. Siempre se hace el intento, eso es comprensible; pero también debemos ser responsables de nuestras vidas, y de la de otros. No somos perros que tiran cuando la perra entra en celo sin reconocer a la madre que lo parió, incapaz de controlarse. Los adultos no podemos actuar así. ¿Te gusta el sexo? ¿No sabes si al salir de tu casa puede presentársete una oportunidad única e irrepetible y que si la dejas escapar eres un idiota (una vez lo pregunté: ¿imaginas salir y tropezarte a Angelina Jolie, sonriente y amistosa pidiéndote que le muestres tu ciudad? ¿O a Jake Gyllenhaal?)?: carga con tus condones en la cartera entonces. No los sobrecitos, es mejor en la cajita o algo, para que el roce no vaya a echarte una broma en el peor momento.

   Estar excitado y tener que parar por un momento, con ese corazón bombeando feo y el pulso inseguro, para colocarse el condón, no es grato, pero hay que hacerlo, por ti, por tu gente, por todo lo que puede llegarte después, más gente especial, más y mejor sexo, sensaciones nuevas e increíbles, y nada de eso debe arriesgarse idiotamente por un momento de locura. Se está mal, okay, pero sensatez por unos segundos y a ponerse los guantes que el baile es de gala y bien lo merece. Un tipo sano tiene el reloj de su lado, el enfermo sólo cuenta el tiempo que resta para el final.

   En esta vida se crean hábitos, personalmente me rasuro después del baño porque la barba está más suave, me peino, talquito en las pelotas (por si alguien termina bajo mi escritorio buscando un papel caído o algo), calzoncillo bóxer, desodorante y todo lo demás (antes un café negro). Sabemos qué máquina de afeitar nos gusta más, qué talco nos presta, qué desodorante nos cumple, así debemos fijar todos esos hábitos sanos de vivencia, sí la pareja no es fija fija, monogámica y cerrada, el sexo tiene que ser asegurado condón en mano. Un carajo que en medio de un grupo, de hombres y mujeres, dice que le gusta el sexo y siempre carga su protección, es alguien a quien todos tienen en cuenta, porque después de una noche de locura sabrosa, saben que siempre puede llegar el riesgo de un problema fenomenal, pero no con ese sujeto. Un tipo así habla de que es un carajo que prevé, que es responsable, que sabe controlar y afrontar lo que se le presente. Está resuelto y puede brindar buenos momentos.

   Existen actualmente gran cantidad de marcas de condones, yo tengo la mía y me resultan buenos. Los hay de colores, y hasta de sabores. Imaginas ir con alguien a comprar condones y decir “Mira, estos son de sabores, este es de tutti fruti”.  Y que te responda, “¿Si? ¿A qué sabrás?”, “¿Me lo pongo y lo pruebas?” (cómo si las cosas se dieran así de fáciles). Pero sí, los hay con sabores y colores, de todos los tamaños, los que prometen resistir hasta el final. Haga cada quien su estudio de mercadeo, pregunte y pruebe, sin pena, esas vainas las hablo yo en la oficina con amigos y amigas. Lo importante es escoger no lo caro o vistoso, sino lo funcional; el precio puede ser un dato engañoso, recuerden ese capítulo de los Simpson donde Homero fue a la fábrica de cerveza y había tres contendores que decían cerveza seca, ligera y ultra ligera, y los tres se llenaban del mismo tubo; en mercadeo esa truco es muy común por lo que lo mejor es buscar una con tradición o tiempo.

   Supongo que esto no lo leen muchachos, pero seguro que uno que otro puede darle una ojeada (realmente aquí como que no entra mucha gente), pero el consejo es el mismo, a cuidarse. Desde los quince a los setenta, cada carajo debe llevar un buen amigo en su cartera (no uno, claro), porque no sabe en qué momento conocerá a alguien llamativo que le sonreirá prometiéndole la luna y las estrellas; no sabe en qué momento estará en el cuarto de un amiga (o amigo, vaya cada quien) oyendo música, tomando algo de cerveza o vino, riendo de tonterías y caerán uno sobre la otra en un cama; nadie sabe cuándo visitará a un conocido y encontrara a la mujer solita y como buscando guerra (y eso que no soy partidario de las traiciones), y en todos esos momentos se debe actuar. Claro que se actúa, pero hay que saber hacer las vainas. Ya saben, investiguen: eh, señorita, ¿entonces esta marca sí resiste?, mire que yo soy un toro. O: ah, no, de esos no, la última vez tuve que llevarla a Emergencias porque no salía (ay, Dios mío, ¿se imaginan una cosa así?). Pero fuera de juegos, cualquier momento incómodo haciendo compras, o de malestar al parar para cubrir de plástico el coroto en plena faena, bien lo vale (eres tú, ¿qué puede ser más valioso?).

   En este mundo pasan cosas terribles a cada rato, y si uno se deja a la buena de Dios, como si de una bolsa de papel arrojada al viento para ver dónde y cómo cae, no es responsable. El tiempo y la vida siempre corre en contra nuestra (era parte del Decálogo de Los Pesimistas, un día les hablaré de eso, pero recuerdo que uno decía así: el universo me odia y quiere destruirme, nazco llorando porque ya comencé a morir), no le demos municiones en nuestra contra. Y en confianza, cuando se hable con los panas, recomiéndenlo.

   Ahora un pequeño chascarrillo oído por ahí: Entré en la farmacia donde atiende una ex. “Una caja de condones grandes”, pedí. “Imagino que para un amigo, ¿verdad?”, respondió ella, sonriendo con veneno.

Julio César.

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